|
|
Pellablog 2009 Semana 035 (3 septiembre) > Reportaje 1º Ruta de pastores
1. No hay trasquila sin tijeras ni ron• Próxima semana, glosario del capítulo 1º: virado, peladores, hacer una amarrada
1. No hay trasquila sin tijeras ni ron
|
|||||||||||||||||||||||||||||
|
“Yo nunca he llevado comida de mi casa a una trasquila. Si no hay comida, saco el cuchillo y se lo echo al cuello a una oveja” |
Fermín Guedes se acerca a por otra oveja del rebaño durante la trasquila.
|
Pancho, como todos lo conocen, presume de ser uno de los primeros en iniciar la trasquila anual que, todavía hoy, se hace de la misma forma como la conocieron generaciones anteriores de padres, abuelos y bisabuelos: con unas gruesas tijeras de pelar y buena piedra de afilar cogida de alguna playa de callaos. “Yo pelo siempre el domingo más cerca del día 20 de mayo”, explica. De esta forma, todos saben cuándo ir a su trasquila, más breve en el trabajo por tratarse de un rebaño pequeño. Su hermano Fermín, por el contrario, con más de 600 ovejas, aprovecha esta primera cita para convocar a la suya finalizado el mes de junio.
En cuestión de unos días, Fermín se trasladará, como trashumante que sigue siendo, a pasar el verano a Pajonales, en lo más alto de Agüimes, con sus ovejas ya peladas. La trasquila en cuestión ha transcurrido hace unos días en los alpendres que tiene en Los Corralillos, núcleo de población del mismo municipio y de nombre genuinamente ganadero. A las 8.30 empezaron a llegar los primeros peladores, incluido su hermano Pancho, tan famoso “por sus chascarrillos y sus magníficos puntos cubanos”, comenta alguien allí, como por su habilidad con la tijera. Más de 30 de estas picudas herramientas trabajan sin cesar durante horas, sujetas por otras tantas manos, algunas protegidas con un guante de punto, bajo un amplio techado de cañizo que protege del sol.
Puntos cubanos de Pancho se escuchan a lo largo de la dura jornada, pues su repertorio es tan amplio como improvisado y sólo depende de su imaginación: “Un día en la barbería / afeitándome estaba yo, / y una joven que pasó / que era muy amiga mía, / con un mono que traía / ella se puso a jugar, / y el barbero al terminar / le dice con mucho entorno: / ¿quiere que le afeite el mono / ahora que tengo lugar?”.
Los platos de carne asada y los vasos de ron alternan las pequeñas pausas, cuando la tijera pasa, obligatoriamente, por las manos de los afiladores y el pelador aprovecha para estirarse y conversar un rato. En esta tarea están José Benjamín Melián Hernández y Francisco (Pancho el del Molino es su mote) Guedes Cazorla, con las dos únicas cosas que necesitan: piedras de afilar y agua para no destemplar las hojas. Situarse junto a ellos es estar en un lugar estratégico de la trasquila. Por allí van pasando todos, ahí es donde se cuentan muchas historias.
El cristal desgarró la bota
Y una de estas historias recuerda cómo el pastor Manuel, presente un año más en la trasquila de Fermín Guedes, se hizo un grave corte en un pie. El cristal que desgarró su bota, también penetró en la carne, provocándole una profunda herida. Sin alterarse por ello, regresó a casa, cogió una gruesa aguja y la enhebró con “hilo carrete”. A continuación se cosió él mismo su pie y colocó en la herida una plasta de barro que le curó la herida.
Y si este relato causa asombro en el propio narrador, otros provocan la hilaridad general, sobre todo si se trata de aquella casa, conocida como Valle de la Tranquilidad, al que los hombres iban en busca de compañía femenina. Algo que no gustaba a las respectivas esposas, hasta el punto de que “a esta casa le pegaron fuego tres veces”.
|
Las tijeras de pelar hay que mandarlas a pedir a la Península, pues las que se hacían antes “en Bañaderos no valen, el que las tenía ya las botó” |
En torno a los afiladores se forman las tertulias durante la trasquila.
|
El escuchar anécdotas no detiene a los afiladores. Las tijeras de pelar siguen llegando calientes a sus manos. Hay que mandarlas a pedir a la Península, pues las que se hacían antes “en Bañaderos no valen, el que las tenía ya las botó”, explica Pancho Guedes. Las ponen otra vez a punto con piedras de la playa de Vargas, “que vienen del mar y tienen cobre, buenas para afilar” y se mojan para que la tijera, dice Fermín, “no se rebata con el calor”.
Los dos hermanos pueden picarse y se retan a pelar con la expresión “vamos a echar una tarea”. “La tarea la echamos cuando hay mucha gente ruin que no quiere pelar”, bromea siempre el hermano mayor, Pancho, “y, entonces, en unos minutos pelamos tres o cuatro ovejas y a los otros les da vergüenza y se ponen también”. Para Fermín, en cambio, Pancho “es un fullerento”, que afila las tijeras de los demás al revés. Éste se defiende, precisando su forma de actuar cuando se dedica a afilar: “Algunos vienen a que les afile la tijera sólo por fastidiar, pero yo lo único que hago es mojarlas en agua y mandarlos otra vez a pelar”. Eso sí, sus tijeras no las toca nadie.
Las tijeras de un auténtico pelador tienen un gran valor para su propietario y algunos las guardan siempre. Como su primo Manuel Guedes Cazorla, que un 28 de agosto hace dos años celebró su jubilación y a nadie quiso dar ni prestar sus tijeras.
Ahora, en cambio, emocionado al ver a Carmen Rosa, la hija de Fermín, escuchando y practicando las instrucciones que le daba éste, le regaló su preciada herramienta. “Él nunca había visto a una mujer pelando”, comenta el orgulloso padre de la muchacha, que sólo tiene 14 años pero le gusta pelar ovejas como al que más.
Ovejas con lunares
Según avanza la mañana, la montaña se lana va creciendo a un lado, mientras los animales trasquilados, balando, se retiran del bullicio corriendo hacia donde están sus congéneres igualmente pelados. Las últimas ovejas, debido al cansancio de los peladores y, en algún caso, también al ron, salen, además de trasquiladas, con lunares violáceos. Las manchas no son otra cosa que el desinfectante, utilizado para las pequeñas heridas que puede causar la punta de la tijera cuando coge algo más que la lana y pellizca la piel del animal, que permanece quieto y en silencio durante la faena.
Pero si la tradición de efectuar estas trasquilas permanece inalterable en su forma desde hace generaciones, lo que sí ha cambiado es la fecha. Ahora, el periplo de los peladores comienza al finalizar la primavera y concluye al poco de empezar el verano. “Más de veinte años llevo yo haciéndolo así”, dice Pancho Guedes. “Antes se hacían en la Semana Santa, en marzo y en abril, porque no había comida, porque había mucho viento y se araba con las yuntas”. La relación entre la trasquila y el hambre era “mucha”, asegura. “Si no hay comida, las ovejas no emparejan la lana, no les sale. Es decir, que un cristiano con hambre no es sino pelo, pero si se le corta no le sale más nunca”.
“El primero que pegó a pelar aquí en el mes de mayo fui yo, porque todo el mundo pelaba temprano y después, los animales en agosto estaban cargados de lana”, continúa. Con este sistema de nueva fecha, más retrasada, para la trasquila, “los animales dan más leche y pasan mejor verano”.
Una discusión y un cuento
Cuando hablan de cabras y ovejas, Fermín Guedes López y su hermano Pancho no se ponen de acuerdo, y eso que los dos tienen de ambas, respetándose mutuamente las diferencias sin que ninguno dé su brazo a torcer. “A mí no me vas a virar tú”, dice el primero al segundo de su preferencia por estos lanudos animales. “Esto es una herencia que me tocó, quiero a mi ganado un montón, casi más que a mi familia”. “¡Pero qué eres tú sin tu familia, muchacho!”, replica, rápida en reflejos, su esposa Reyes Martín Ramos.
Con su habitual expresividad, Pancho reconoce que una cabra da más trabajo, pero produce mucha más leche y eso se traduce en más quesos. “Quien tiene ovejas es para no caminar”, asegura, “porque a la oveja se le grita un ‘¡rrrriah paquí!’ y basta y a la cabra hay que soltarle un ‘¡anda coño, hija puta, estése quieta!’, porque siempre tira para el risco”.
Completamente distinta es la experiencia de Fermín. “La cabra da menos trabajo, no discutas eso, Pancho”, le insiste. “Mira, las cabras mías la viro para arriba y ende que yo les echo un ‘coño’ vienen al corral, pero las ovejas tengo que ir a por ellas”.
Con la producción de leche tampoco llegan al consenso, si cabras o si ovejas. “Mira hermano, si fueran cabras todo lo que tienes de ovejas, no las ordeñas ni en tres días”, dice Pancho, quien, no obstante, zanja la discusión con un cuento: "Yo tenía una a abuela, la madre de mi padre, y tenía un sobrino que se enamoró de la mujer más fea que había en Canarias". Hace una pausa e insiste: "Fea". Pues bien, "dícele mi abuela al hermano: 'Compadre, estará usted muy contento con su hijo Juan, porque no habrá quien le ponga los cuernos'. Entonces dice el viejo: 'Cállese comadre, que como mismo a él le gustó, puede haber otro que le guste".
En definitiva, concluye, “a cada uno con lo que le guste”. Para su hermano las ovejas, para él las cabras.
Próxima semana: Glosario fotográfico del capítulo.