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Pellablog 2009 Semana 039 [+040] (1 octubre) > Reportaje 3º Ruta de pastores
3. El amo de las baifas tiene seis años• Próxima semana, glosario del capítulo: ordeñadora mecánica, empleita, frenillo
3. El amo de las baifas tiene seis años
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Adán prefiere correr, explorar, jugar con los demás o con algún animal, dando rienda suelta a su imaginación. |
Adan salta una acequia con ayuda de un pírgano de palmera canaria, pues ha dejado el garrote en casa.
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Alexis, María y Adán
Alexis, a sus 17 años, es pastor como su padre, lo que quiere decir que saca el ganado a recorrer monte, barranco o invernadero. Un trabajo que comparte con su afición a los deportes. Por eso, no es raro verlo caminar guiando las cabras con el chándal del equipo en el que milita como juvenil, el club de lucha canaria Unión Estrella, de Sardina del Sur. María, a sus 12 años, comparte la dureza del trabajo como el hermano, en su caso ordeñando, pero también está más dispuesta a participar en los juegos de otro componente mucho más joven del núcleo familiar, Adán, que con seis años es un torrente de energía dispuesto al juego y a la aventura infantil.
Adán prefiere correr, explorar, jugar con los demás o con algún animal, dando rienda suelta a su imaginación. Esa imaginación que se rebela a veces con un refunfuño cuando tiene que hacer una tarea concreta, pero que cumple al final siguiendo las instrucciones de sus mayores. Hablador sin límite, busca la compañía del forastero, en este caso el periodista, que se acerca hasta su familia para conocerla. Aunque sea el más pequeño, no deja que piensen que no sabe hacer lo mismo que los demás. “¡Mira cómo ordeño!” ¡Yo sé ordeñar!”, exclama cogiendo un balde y situándose detrás de una cabra con las ubres llenas. Enseguida moverá las manos con energía apretando los pezones, mientras escucha la radio por unos auriculares y dice “¿ves?”, al salir los primeros chorros de espumosa leche.
El corral donde guardan los machos es en realidad un garaje y hasta ahí se asoma a observar el porte de los animales, el aplomo, las grandes cornamentas. “Mi padre es el amo de todas las cabras, pero yo soy el amo de las baifas”, asegura muy serio, mirando a los machos que utilizan como sementales. “Ese macho de ahí es mío”, señala a uno de pelaje oscuro.
Fantasía
Y mirando al animal, la imaginación de Adán se transformó en palabra para crear su particular historia, tan particular como que el padre, más tarde, desmintió la fantasía. “¡Qué va, son cosas del niño!”. Y es que la aventura infantil creada por Adán comienza cuando descubre a su padre con un cuchillo dispuesto a sacrificar al enorme macho que tanto le gustaba. “Pero yo no quería que lo matara –relata el pequeño–, así que lo saqué del corral y me lo llevé al barranco para esconderlo y que se pudiera salvar”.
“Como no lo vio no lo pudo coger y entonces lo perdonó, por eso ahora es mío”, dice mirando satisfecho por encima de la cerca. José Melián reconoce, sin embargo, que su hijo se encariña a veces con alguna cría y la esconde para que no la sacrifique, pero la historia del macho “se la ha inventado”.
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Todos van caminando tranquilos, dando un grito de vez en cuando a algunas cabras rezagadas, pero Adán no puede limitar su vitalidad de seis años a eso. |
Mira, yo se ordeñar, dice y se pone a demostrarlo.
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Ordeñadas las cabras y mientras Elvira se dispone a apretar la cuajada con las manos para ir haciendo los quesos, José prepara una mochila y avisa a sus hijos. Ese día van a caminar por el barranco del Polvo hasta el llano de Sardina, donde unos invernaderos con rastrojos esperan a su ganado. Alexis, María y Adán se unen al padre, que antes da de beber a los animales. Todos van caminando tranquilos, dando un grito de vez en cuando a algunas cabras rezagadas o que se separan del grupo, pero Adán no puede limitar su vitalidad de seis años a eso. Pronto encuentra un pírgano sin hojas y acequia de riego que ve, acequia que salta, pese a la flexibilidad de la rama de palmera, practicando el salto del garrote sin garrote. “Es que me lo he dejado en casa”, se justifica.
Dejan atrás el barranco y se adentran por algunas calles en zona urbana, antes de llegar a los invernaderos. El esfuerzo por guiar y controlar el ganado es mucho mayor, porque algunas cabras van como flechas a los árboles de las calles ajardinadas, apoyan sus patas delanteras en los troncos y se dedican a comer las hojas más bajas. Apenas lo hacen, José se echa a correr detrás de las revoltosas y las obliga a incorporarse a las más disciplinadas del rebaño.
Por fin llegan al invernadero. Según se abre la puerta, las cabras entran en tropel y se reparten bajos los palos y los plásticos comiendo rastrojos. Para los Melián es el momento de sentarse a descansar, charlar y hasta echarse un ratito. “¿Tú te cansas viniendo aquí abajo?”, interroga el pequeño Adán, “pues yo no me canso”.
Ganado de fama
José se sienta sobre las plantas secas y sus hijos se echan alrededor. “Dicen que el ganado de hierba es ganado de mierda y el ganado de rama es ganado de fama”, explica entre las risas de los hijos. “¿Nunca ha oído nombrar eso? Eso lo decían los viejos antes”. Lo comenta a propósito de sus cabras, que comen ambas cosas: hierba en los invernaderos, ramas en los árboles en el barranco de Tirajana. Aún así, los balos que crecen en el lecho del barranco no son el principal alimento de sus cabras cuando las tiene allí. Debe comprar sacos de millo y de alfalfa. “Ahora las he traído al invernadero porque es donde se saca un chorro de leche y se hace algo”, sigue explicando. “Allá en el barranco todo lo que dan de leche se lo comen en raciones”.
Mientras habla, Adán coge unos tomates. “Mira cómo pelo. Ahora se lo jinco a mi padre…”. Y, efectivamente, se lo lanza a bocajarro, pero atento a la reacción de aquél por si acaso.
Próxima semana: Glosario fotográfico del capítulo.