Pellablog 2009 Semana 039 [+040] (1 octubre) > Reportaje 3º Ruta de pastores


 

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Edición semanal digital de la revista Pellagofio

 

3. El amo de las baifas tiene seis años

Próxima semana, glosario del capítulo: ordeñadora mecánica, empleita, frenillo

Sardina es una localidad sureña donde abundan tantos pastores como para que uno de sus barrios se llame Casa Pastores. Muy cerca, en Hoya La Negra, vive una de estas familias dedicada por entero al ganado, aunque sus cabras no tienen residencia fija. Por eso, si en marzo pastorean en lo más profundo del barranco de Tirajana y en mayo frecuentan los invernaderos de tomates de Llanos de Sardina, no mucho más tarde es fácil que se encuentren cerca de Pozo Izquierdo. El matrimonio que compone el núcleo familiar cuenta con la ayuda de los hijos, incluido el más pequeño, que a veces deja sus aventuras infantiles por alguna tarea. (Seguir leyendo...)

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Ruta de pastores, reportaje del capítulo 3º

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HEMEROTECA YURI MILLARES > RUTA DE PASTORES (5)

 

Sardina es una localidad sureña donde abundan tantos pastores como para que uno de sus barrios se llame Casa Pastores. Muy cerca, en Hoya La Negra, vive una de estas familias dedicada por entero al ganado, aunque sus cabras no tienen residencia fija. Por eso, si en marzo pastorean en lo más profundo del barranco de Tirajana y en mayo frecuentan los invernaderos de tomates de Llanos de Sardina, no mucho más tarde es fácil que se encuentren cerca de Pozo Izquierdo. El matrimonio que compone el núcleo familiar cuenta con la ayuda de los hijos, incluido el más pequeño, que a veces deja sus aventuras infantiles por alguna tarea. [La Provincia, 23 de julio de 1994].


 

SALTANDO ACEQUIAS

El tercer reportaje de la serie “Ruta de pastores” (y, al publicarse el libro, su tercer capítulo) presentan la foto del pequeño Adán saltando acequias con un pírgano de platanera, detrás del ganado de sus padres.

 

3. El amo de las baifas tiene seis años

Cuando tienen el ganado en Hoya La Negra, cerca de su casa, José Melián Hernández y Elvira Peñate Hernández sólo tienen que caminar unos pocos cientos de metros para llegar hasta unas cuarterías deshabitadas que utilizan como corrales. Entre sus paredes desconchadas y con los huecos de las ventanas vacíos, esperan pacientes, cada mañana, sus 350 cabras a que les toque turno para ser ordeñadas. Durante algunas horas se dedican a la tarea, ayudados por una pequeña ordeñadora mecánica portátil, que transportan cada día en una camioneta.

En esa misma camioneta se desplazan y trasladan las lecheras si el ganado lo tienen en otro corral más lejano, barranco de Tirajana adentro, junto al lecho del cauce pedregoso y, habitualmente, seco. Que las cabras estén allí, aquí o por Pozo Izquierdo depende de la comida que puedan conseguir en el barranco, que no es mucha, o en el interior de los invernaderos, que se limita a los rastrojos sobrantes de la cosecha.

En cualquier caso, el trabajo no lo hacen solos José y Elvira, pues otros miembros de la familia aportan su colaboración para sacar adelante la producción, en particular sus hijos. El mayor, José Manuel, ya casado y con dos hijos pequeños, tiene su propio ganado aunque comparte la ruta del padre ubicando las cabras en unos corrales o en otros según la época del año. Los hijos menores, en cambio, siguen bajo la disciplina y las instrucciones de los padres en el reparto de las labores.

 

Adán prefiere correr, explorar, jugar con los demás o con algún animal, dando rienda suelta a su imaginación.

Adan salta una acequia con ayuda de un pírgano de palmera canaria, pues ha dejado el garrote en casa.

 

Alexis, María y Adán
Alexis, a sus 17 años, es pastor como su padre, lo que quiere decir que saca el ganado a recorrer monte, barranco o invernadero. Un trabajo que comparte con su afición a los deportes. Por eso, no es raro verlo caminar guiando las cabras con el chándal del equipo en el que milita como juvenil, el club de lucha canaria Unión Estrella, de Sardina del Sur. María, a sus 12 años, comparte la dureza del trabajo como el hermano, en su caso ordeñando, pero también está más dispuesta a participar en los juegos de otro componente mucho más joven del núcleo familiar, Adán, que con seis años es un torrente de energía dispuesto al juego y a la aventura infantil.

Adán prefiere correr, explorar, jugar con los demás o con algún animal, dando rienda suelta a su imaginación. Esa imaginación que se rebela a veces con un refunfuño cuando tiene que hacer una tarea concreta, pero que cumple al final siguiendo las instrucciones de sus mayores. Hablador sin límite, busca la compañía del forastero, en este caso el periodista, que se acerca hasta su familia para conocerla. Aunque sea el más pequeño, no deja que piensen que no sabe hacer lo mismo que los demás. “¡Mira cómo ordeño!” ¡Yo sé ordeñar!”, exclama cogiendo un balde y situándose detrás de una cabra con las ubres llenas. Enseguida moverá las manos con energía apretando los pezones, mientras escucha la radio por unos auriculares y dice “¿ves?”, al salir los primeros chorros de espumosa leche.

El corral donde guardan los machos es en realidad un garaje y hasta ahí se asoma a observar el porte de los animales, el aplomo, las grandes cornamentas. “Mi padre es el amo de todas las cabras, pero yo soy el amo de las baifas”, asegura muy serio, mirando a los machos que utilizan como sementales. “Ese macho de ahí es mío”, señala a uno de pelaje oscuro.

Fantasía
Y mirando al animal, la imaginación de Adán se transformó en palabra para crear su particular historia, tan particular como que el padre, más tarde, desmintió la fantasía. “¡Qué va, son cosas del niño!”. Y es que la aventura infantil creada por Adán comienza cuando descubre a su padre con un cuchillo dispuesto a sacrificar al enorme macho que tanto le gustaba. “Pero yo no quería que lo matara –relata el pequeño–, así que lo saqué del corral y me lo llevé al barranco para esconderlo y que se pudiera salvar”.

“Como no lo vio no lo pudo coger y entonces lo perdonó, por eso ahora es mío”, dice mirando satisfecho por encima de la cerca. José Melián reconoce, sin embargo, que su hijo se encariña a veces con alguna cría y la esconde para que no la sacrifique, pero la historia del macho “se la ha inventado”.

 

Todos van caminando tranquilos, dando un grito de vez en cuando a algunas cabras rezagadas, pero Adán no puede limitar su vitalidad de seis años a eso.

Mira, yo se ordeñar, dice y se pone a demostrarlo.

 

Ordeñadas las cabras y mientras Elvira se dispone a apretar la cuajada con las manos para ir haciendo los quesos, José prepara una mochila y avisa a sus hijos. Ese día van a caminar por el barranco del Polvo hasta el llano de Sardina, donde unos invernaderos con rastrojos esperan a su ganado. Alexis, María y Adán se unen al padre, que antes da de beber a los animales. Todos van caminando tranquilos, dando un grito de vez en cuando a algunas cabras rezagadas o que se separan del grupo, pero Adán no puede limitar su vitalidad de seis años a eso. Pronto encuentra un pírgano sin hojas y acequia de riego que ve, acequia que salta, pese a la flexibilidad de la rama de palmera, practicando el salto del garrote sin garrote. “Es que me lo he dejado en casa”, se justifica.

Dejan atrás el barranco y se adentran por algunas calles en zona urbana, antes de llegar a los invernaderos. El esfuerzo por guiar y controlar el ganado es mucho mayor, porque algunas cabras van como flechas a los árboles de las calles ajardinadas, apoyan sus patas delanteras en los troncos y se dedican a comer las hojas más bajas. Apenas lo hacen, José se echa a correr detrás de las revoltosas y las obliga a incorporarse a las más disciplinadas del rebaño.

Por fin llegan al invernadero. Según se abre la puerta, las cabras entran en tropel y se reparten bajos los palos y los plásticos comiendo rastrojos. Para los Melián es el momento de sentarse a descansar, charlar y hasta echarse un ratito. “¿Tú te cansas viniendo aquí abajo?”, interroga el pequeño Adán, “pues yo no me canso”.

Ganado de fama
José se sienta sobre las plantas secas y sus hijos se echan alrededor. “Dicen que el ganado de hierba es ganado de mierda y el ganado de rama es ganado de fama”, explica entre las risas de los hijos. “¿Nunca ha oído nombrar eso? Eso lo decían los viejos antes”. Lo comenta a propósito de sus cabras, que comen ambas cosas: hierba en los invernaderos, ramas en los árboles en el barranco de Tirajana. Aún así, los balos que crecen en el lecho del barranco no son el principal alimento de sus cabras cuando las tiene allí. Debe comprar sacos de millo y de alfalfa. “Ahora las he traído al invernadero porque es donde se saca un chorro de leche y se hace algo”, sigue explicando. “Allá en el barranco todo lo que dan de leche se lo comen en raciones”.

Mientras habla, Adán coge unos tomates. “Mira cómo pelo. Ahora se lo jinco a mi padre…”. Y, efectivamente, se lo lanza a bocajarro, pero atento a la reacción de aquél por si acaso.

Próxima semana: Glosario fotográfico del capítulo.

 

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