Pellablog 2010 Semana 01 [+02] (4 enero) > Reportaje 8º Ruta de Pastores

 

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8. Al final de un camino abierto a pico

Próxima semana: Glosario del capítulo y el asunto del violín robado en una cueva

Si hay un lugar en la isla de Gran Canaria que podríamos definir por su aislamiento, lejanía de núcleos de población y difícil acceso, Tifaracás encaja perfectamente con la descripción. Situado entre los municipios de Artenara y La Aldea de San Nicolás, allí vive el último miembro de una familia dispuesto a aprovechar los recursos que ofrece el lugar. Una inmensa finca que supera el millar de hectáreas, donde crecían pinos que se talaron, pastaban vacas que ya no están, se regaban tomateros que dejaron de cultivarse y balaban cabras que sí siguen dando uno de los mejores quesos grancanarios. Pero Jesús Falcón no quiere irse a ninguna otra parte. “Si se quitan las cabras, esto se muere”, dice. (Seguir leyendo...)

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Ruta de pastores, capítulo 8º: “Al final de un camino abierto a pico”

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RUTA DE PASTORES

 

Millares, Yuri; Cabildo de Gran Canaria, 1996, Premio San Matías de Investigación (Artenara).
Precio: 25 euros más gastos de envío (25+5).


Trece reportajes conviviendo con distintas familias de pastores y ganaderos. Un recorrido por las vivencias e historias de hombres y mujeres de la Gran Canaria más rural y ancestral.


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Millares, Yuri; Pellagofio Ediciones, 2009. Colección Canarias Rural-Guía visual de oficios artesanos (en 6 volúmenes de 100 páginas cada uno).
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Volumen 1: 85 fotografías entre dos siglos (Con prólogo de Martín Chirino).
Vol. 2: ...En la mar y tierra adentro
Vol. 3: ...A la sombra y al sol
Vol. 4: ...El fuego, el yunque y el agua
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PUBLICADO EN

HEMEROTECA YURI MILLARES > RUTA DE PASTORES (15)

Si hay un lugar en la isla de Gran Canaria que podríamos definir por su aislamiento, lejanía de núcleos de población y difícil acceso, Tifaracás encaja perfectamente con la descripción. Situado entre los municipios de Artenara y La Aldea de San Nicolás, allí vive el último miembro de una familia dispuesto a aprovechar los recursos que ofrece el lugar. Una inmensa finca que supera el millar de hectáreas, donde crecían pinos que se talaron, pastaban vacas que ya no están, se regaban tomateros que dejaron de cultivarse y balaban cabras que sí siguen dando uno de los mejores quesos grancanarios. Pero Jesús Falcón no quiere irse a ninguna otra parte. “Si se quitan las cabras, esto se muere”, dice. [La Provincia, 3 de septiembre de 1994].

 

CENCERRAS EN VEZ DE PINOS

Agotada la explotación maderera, el único habitante que queda en Tifaracás fabrica cencerras. Octavo reportaje de la serie “Ruta de pastores” (y, al publicarse el libro, su octavo capítulo).

 

 

 

8. Al final de un camino abierto a pico

Hospitalario y atento, Jesús Falcón Suárez tiene, para recibir a las pocas visitas que son capaces de llegar hasta su apartada casa, una botella de whisky o algunas cervezas que pone junto al queso. Y es que vive en un lugar tan recóndito como solitario, pero de donde salen unos quesos que tiene vendidos antes de hacerlos. “Los llevo a casas que me los tienen encargados y la mayoría de las veces no tengo para lo que me piden”, afirma. “Incluso nadie me pregunta el precio”. Por ese motivo sale a veces del barranco de Tifaracás en dirección a La Aldea.

Una estrecha pista de tierra y roca, excavada a golpe de pico en los años 40 por unos pastores contratados por su padre, permite llegar al que ha sido su hogar casi toda una vida. El Cortijo de Tifaracás, una inmensa finca de más de mil hectáreas, lo compró su padre antes de que él naciera, pero con tan sólo dos o tres años iba temporadas con la familia desde su Teror natal. Eso sitúa la compra de este territorio en los años veinte y sus límites los conoce perfectamente el último Falcón dispuesto a permanecer en el lugar hasta el final. “Al norte linda con Tirma, a poniente con la finca de los Alonso, al sur con el barranco de Tejeda y al naciente con otra parte de Tifaracás vendida a ICONA”.

 

Una estrecha pista de tierra y roca, excavada a golpe de pico en los años 40 por unos pastores contratados por su padre, permite llegar al Cortijo de Tifaracás

Jesús Falcón fabrica cencerras para sus cabras en la soledad del Cortijo de Tifaracás.

 

En Teror, el padre de Jesús (o, como es conocido, Suso) era maestro de obras, tenía trabajadores, cogía contratas. “Pero después, el capital lo metió aquí”, dice refiriéndose a Tifaracás. El inmenso pinar fue reduciendo su extensión a golpe de hachas que cortaban los árboles, cerrolos que los labraban y sierras que los cortaban a medida.

“Cuando yo crecí había unos cuantos nada más, pero cuando lo compró mi padre había muchos y puso gente a tumbarlos –recuerda–, a vender la tea y a hacer carbón con lo que no servía para madera, casi por eso lo compró”. A falta de carreteras, había que sacar la producción con bestias hasta el muelle de La Aldea, donde embarcaba rumbo a Las Palmas de Gran Canaria.

“Cuando estalló el Movimiento tenía yo diez años”, dice al calcular su edad en aquellos tiempos en los que tuvo que empezar a trabajar. “Había tierras, había vacas, había cabras”. Y los pinos, claro. De todo eso no queda sino un rebaño de 200 cabras que crecen seleccionadas escrupulosamente por el pastor. “Lo demás se ha abandonado todo”.

 

Se quitaron las vacas, se dejó de sembrar, el monte que se recogía dejó de venderse. “Y ya no queda sino esto”

Jesús Falcón remueve la leche donde ha echado el cuajo y el fermento.

 

Un gran temporal
Un gran temporal marcó el comienzo del definitivo declive de toda actividad económica en Tifaracás. “Ese temporal derrotó los terrenos y costaba mucho, después, hacer las reparaciones”. El resultado fue que se quedaron sin reparar y la gente dedicada a diversas actividades emigró. De eso hace lo menos treinta años”.

Se quitaron las vacas, se dejó de sembrar, el monte que se recogía dejó de venderse. “Y ya no queda sino esto”, comenta de los animales que aún hay. “Porque uno no ha querido abandonar el sitio”. El problema ahora es su edad y el desgaste físico sufrido. “La cuestión no es vender el queso, sino gente para hacer el trabajo, que yo ya no sirvo”, se lamenta, pensando con cierta tristeza cómo será el futuro Tifaracás sin él. “Aquí se quitan las cabras y se acaba la carretera, porque cuesta mucho cada año mantenerla y sin ella se muere esto”.

Sin cabras en Tifaracás, desaparecería uno de los quesos de más calidad de la isla. “Puede que sea por la zona”, explica quitándose cualquier mérito. “El propio Perico –dice de Pedro Rosario, un pastor que viene a echarle una mano– sabe cómo lo hago yo, porque ha estado aquí, y si lo hace en El Risco [de Agaete] y no le sale como aquí, no va en mí”. Para él el secreto está en el lugar, con su altura entre la costa y montaña, con su orientación, con su clima y con lo que crece para servir de alimento. “Aparte de ración, tienen por ahí mucha comida donde ellas pueden buscar y muy variada, ramas de todas clases”.

En un sitio como éste, los animales “tienen la ventaja que van donde quieren y desde el día antes, si sienten que va a haber un cambio de tiempo, ya van a los sitios donde tienen más defensas”. Así pues, no sólo encuentran sombra si hace calor y cobijo si arrecia el frío. Con su instinto, las cabras no encuentran secretos en la meteorología. “Saben de un día para otro el tiempo que va a haber, si esperan frío se van al pie de los riscos, arriba donde hay sol”, continúa. “Yo no sé qué medio tienen”.

 

“Yo, ahora mismo, si hay doscientas cencerras, las conozco todas, por más parecidas que suenen unas a otras”

Haciendo el queso de cabra a mano en el Cortijo de Tifaracás.

 

Finísimo oído
Pero si sus animales son especialmente sensibles a los cambios climáticos, este hombre ha desarrollado con los años una habilidad propia, gracias a su finísimo oído. Un oído que le empujó a practicar con varios instrumentos, como el timple, la guitarra o el laúd, instrumentos que nunca se atrevió a tocar fuera de su apartado rincón. “Como estaba en un sitio que no iba a hacerlo bien, porque no tenía dónde ir a clase, lo dejé, sabía que si después llegaba a donde hubiera gente que supiera música, no iba yo a…”, explica son terminar la frase.

Esa capacidad para distinguir los sonidos, por más parecidos que suenen a la mayoría, la encarriló hacia donde sí podía demostrar su don, a la vez que darle una utilidad. “Empecé a fabricar cencerras para ponérselas a las cabras y fui aprendiendo a buscar los sonidos, buscando los sonidos me fui dando cuenta de cómo se conseguían y hoy las hago para que suenen como yo quiero”. El resultado es que muchos ganados tienen cencerras salidas de sus manos y oídos, además del suyo.

Escoge el sonido dándole forma a la cencerra y en la precisión del trabajo de soldadura. También en la forma de los badajos, que son de tea. “No es un cosa tan difícil hacerlas”, asegura, aunque reconoce que lo complicado es identificar un determinado sonido. “Yo, ahora mismo, si hay doscientas cencerras, las conozco todas, por más parecidas que suenen unas a otras”. En definitiva, lo que Suso nos dice es que conoce a cada una de sus cabras por el sonido de cada cencerra. “Y a cada una también por el belido”, añade.

Por elegir los sonidos, las fabrica al gusto del que se las compra, si son para vender, al gusto propio si son para su ganado. “Hay quien le gusta los sonidos brutos, fuertes, o que suenen a viejas”. Él las prefiere que suenen “claras y que estén afinadas como los instrumentos, con una escala”.

Por los tamaños, están desde las más pequeñas llamadas grillotes, a las más mayores: las redondas grandes. Toda una variedad de tamaños. A más grande, más fuerte suena. “La pequeña para cabras que no la necesiten, que no se vayan lejos, y las grandes a alguna que sí va lejos, para oírla”.

Próxima semana:
Glosario del capítulo y el asunto del violín robado en una cueva.