EL REPORTAJE > Plátano de Canarias y su cultivo

TRABAJADORES DE LA PLATANERA

Entre la enana y la zancuda
Mujeres, "la fuerza"
Secuencia del corte de la zancuda

 

La platanera, el único mato que “camina”, sigue conformando la identidad del paisaje de muchos municipios isleños. Bajo la frondosidad de sus hojas hay muchas tareas que realizar para obtener su sabroso fruto, distintas de ayer a hoy porque la forma de criarla, mimarla y alimentarla ha cambiado.

 

EL CULTIVO EN GÁLDAR

 

Moisés González corta una piña de plátanos en la finca conocida como de Dolores Nina, en Gáldar (Gran Canaria)./ foto Y. M.

Entre la enana y la zancuda

Por Yuri Millares

Un cultivo intensivo como el de la platanera persigue obtener grandes producciones, para hacer cada vez más rentable la actividad a la vez que atender un mercado amplio que, en este caso, se sitúa en Europa. Podría parecer que, después de tanto tiempo, ya está todo inventado para sacarle el máximo rendimiento a la planta, pero no es así. “Yo a manta nunca he regado. Ahora con el riego por goteo regamos un día sí y otro no”, explica Moisés González en la finca que tiene en producción en Gáldar. “Los nuevos agricultores dicen que hay que regarlas todos los días y a diferentes horas. El cultivo está cada día más tecnificado”, añade.

La Vega y El Cabuco son las mejores zonas para el cultivo de la platanera en Gáldar, uno de los municipios pioneros en Canarias en la implantación de este producto de exportación allá por el siglo XIX. De aquí salen los frutos de más calidad. “Si te fijas, la zona más favorable para la platanera es la que está abrigada y tiene protección natural, bien orientada al poniente y asocada del ataque de las brisas”. La finca en explotación por Moisés González, casi una fanegada, cuenta con varias cadenas (terrazas a distinto nivel) separadas por paredes de piedra seca. Se la conoce por el nombre de Dolores Nina, vecina de otras fincas con nombres como Hermana Juana, El Tonelero y Pancho el del Cercado. Junto a ellas baja el camino hacia la playa de El Agujero.

Día de corte
Un día de corte de fruta los hombres se reúnen a las siete y media de la mañana en la cadena más elevada en Dolores Nina. Por parejas, se van acercando a cada mata escogida y uno corta el racimo que el otro apoya en su hombro y saca hasta la camioneta, que ha venido del almacén y realiza varios viajes. Parece un trabajo sencillo, sencillo pero pesado. Sin embargo, muchos son los cuidados que ha tenido la planta hasta ese momento.

Lo primero es tener el mato: “Hoy, normalmente, se trae el hijo en maceta de un vivero y se mete en el terreno. Antiguamente lo que se hacía era que se seleccionaban cabezas, se sacaban de la tierra, de otras plantas y se enterraban”, dice Moisés, que utiliza la podona. “Había que tener cuidado que no fueran los abuelos, porque entonces se degeneraría mucho la planta; siempre es la madre de la planta, es decir, la cabeza que había emitido el último año se cortaba y se limpiaba, se le quitaban todas las raíces y se llevaba: nada más que la cabeza”, añade Antonio García Ramos, que apoya el racimo en una almohadilla sobre su hombro derecho.

Deshijador
Los hijos que nacen de cada platanera son eliminados por el deshijador con una barreta (“una barra de hierro que delante tiene forma de formón”, la describe Moisés), cortando los que no interesan y dejando uno por madre. Así se organizan las hileras y se produce un hecho curioso, la planta va caminando de madre a hija hasta un centenar de metros. “Se alinean buscando el sol, pareadas, una a un lado y otra a otro, para que vayan quedando calles interiores”, precisa Antonio, que añade: “Cada planta emite un solo racimo, muere, se corta y así va sucesivamente. Por eso camina. De hecho, en las plantaciones hay algunas que su descendencia tiene hasta cien años”.

Con la planta en el terreno, habrá que regar siempre. “Antiguamente se hacían las pozas, que ya no se usa. Era cuando se regaba a manta: se hacía la poza o camellón, que era inundar, por ejemplo, diez matas y se abría la boca para regar una o dos pozas al mismo tiempo. Hoy se pone el riego localizado, por aspersión o por goteo”, dice Moisés, que insiste: “El plátano necesita agua, agua y agua. Los viejos siempre dicen: ‘Agua y guano”.

Cacharrito y guano
Otra palabra clave: Guano. La planta requiere abono. En esta finca de la zona de El Cabuco, a medida que se va limpiando la mata y cortando hojas, las dejan en el suelo “porque eso crea una alfombra que mantiene la humedad, evita tener que usar herbicidas ya que la hierba no crece debajo, y da abono”. Aún así, se abona también con estiércol y otros productos especializados. “Antes se le echaba una vez en la época de invierno, para darle calor a la tierra”, dice Moisés. “A cada platanera se le hacía un hoyo al lado y ahí se enterraba el estiércol”, dice Antonio.

Incluso hay un forma mixta: abonar durante el riego, algo que Moisés ha visto hacer toda su vida. “En la enguanadora: Antes cogían el guano y estaba uno con un cacharrito: el agua corriendo y él echando. A lo mejor se pasaba la mañana el agua pasando y él echando guano con el cacharrito”.

Hacer la 'cesárea'
Tanto mimo termina por hacer que la mata dé el racimo. Un parto al que sucede el crecimiento del fruto. Pero a veces la piña se queda dentro de la platanera, es lo que se llama embuchada. “Cuando se embucha, pues la desembuchas. Hay quien dice que le hacen la cesárea. Le hacen la cesárea y sale, y después crece la piña y si hay que quitar alguna hoja, se va quitando para que ella coja su camino”.

Antonio también conoce esta circunstancia: “Es que hay épocas del año en que las pariciones son más complicadas por la falta de calor o algo y se quedan ahí. Entonces se le ayuda, se les despeja un poco, se les va quitando alguna hojilla”.

Los vientos de abajo
Las variedades de platanera escogidas por los agricultores han variado con los tiempos. Siempre han preferido la pequeña enana (mata pequeña y fruto muy sabroso), pero en el pasado también se conoció la zancuda (muy alta), como hoy abunda la gran enana (protegida bajo invernaderos por su altura). El punto débil de la platanera es su indefensión ante los vientos.

“En esta zona, la mejor de Gáldar de platanera, el gran problema son los vientos que los pescadores llaman ‘el vendaval’ y ‘los vientos de abajo’, que dejan las plataneras en el suelo”, relata Antonio, que lo explica porque la raíz es poco profunda, “entre sesenta u ochenta centímetros de profundidad”.

CUADRO DE TAREAS

El racimo cuelga sobre un muro y hay que cortar la platanera para alcanzarla./ foto Y. M.

 

Recortes
Llega un momento del crecimiento de la platanera en el que hay que empezar a sulfatar para que la cochinilla no afecte; o cualquiera de las plagas. Pero antes “hay que ir recortando la hoja para dejar siempre el tronco de la platanera limpio porque, como se van secando las hojas, se va exfoliando y quedan sitios donde se pueden meter posibles plagas”, explica el cultivador Moisés González.

Sulfatador
Porque antes se aplicaba sólo sulfato para matar la cochinilla, ha quedado la expresión sulfatar a la aplicación de venenos contra las plagas.

Deflorillar
Es quitarle la florecita que nace en cada plátano. “Es una técnica: Pones el dedo gordo en la parte baja y vas tocando, va sirviendo como de guía. Hay que tener mucho cuidado, cualquier persona no puede deflorillar, porque como le toques un poquito más de la flor todo ese plátano te lo vas cargando”, dice el trabajador Antonio García.

Cuándo cortar
El plátano presenta “aristas muy triangulares cuando todavía no está para cortar”; pero esas aristas “empiezan a desaparecer y se va redondeando”. Es cuando está “lleno” y listo para cortar. “Si tienes plátanos para cortar, tienes que cortar, aunque de las diferentes manillas haya plátanos todavía muy poco formados, eso se desecha. Si esperas, se te puede madurar todo y echas a perder todo el racimo”.

Marcador
Una figura ya desaparecida es la del marcador, trabajador que llega a la finca enviado por el almacén para señalar qué racimos cortar. La señal era un corte en una hoja de la planta que quedaba colgando. Para llevar el recuento hacía unas marcas en el tronco de una hoja pelada a cuchillo.

La bolsa
Los racimos se protegen durante su crecimiento y maduración con bolsas de plástico. Protege de los roces que afean la piel del plátano y ayuda a acelerar la maduración en invierno. En verano, por el aumento de la temperatura ambiente, se quitan.    

De pie al almacén
La vieja imagen de los racimos tumbados y envueltos en mantas ha pasado a la historia. Los camiones viajan desde el tendido (el lugar donde se alinean los racimos cortados en la finca) hasta el almacén con la preciada carga de pie, forrada con almohadillas de gomaespuma.

 

HISTORIAS DE TRABAJADORAS

 


 

Muchachas de la platanera con la comida en sus cestas, posan junto a la carretera de Sardina (años 60). / foto CEDIDA POR CARMEN VEGA

 

Mujeres, "la fuerza"

Por Yuri Millares

“La fuerza en el empaquetado eran las mujeres”, recuerda Luisa Santana Delgado. Su padre, Santiago, trabajó en uno de los almacenes más conocidos del norte de Gran Canaria, en Gáldar, y él mismo era un personaje muy popular, al volante de una camionetilla que al principio no tenía ni puertas, cargado de fruta. Las mujeres trabajaban en jornadas agotadoras durante el tiempo de la zafra. “En el almacén de los Romero se empaquetaba de todo: plátanos, tomates y pepinos. Trabajaban de día y de noche. Pasamos un montón, pero mi padre nunca quiso que fuéramos”.

Allí existía la figura del encargado. “Era como un mayordomo para llevar las mujeres. Claro, usted sabe que si deja a las mujeres solas se hacen con todo. Pues el encargado encima de ellas, trabaje-trabaje-trabaje. Cuando ese señor tenía vacaciones o por alguna cosa no venía, se quedaba mi padre de encargado”, relata Luisa. Las muchachas sentían entonces cierto alivio. “A mí me decían: ‘Con tu padre se podía estar’. Sí, porque mi padre, me lo decían las chicas, les decía: ‘¿Tienes sueño?, échate parai y échate un sueñillo’, de noche. Se llevaban café para espabilarse. Después por la mañana iban cayéndose”.

Las mujeres constituyen todavía hoy lo que Luisa Santana describe como “la fuerza” del empaquetado, aunque en jornadas de trabajo bien distintas a las que ella conoció en los años de posguerra. Pero lo que se conoce poco es la labor de la mano de obra femenina en la platanera, que hoy ha desaparecido: Además de cargar sobre sus cabezas los racimos que cortaban los hombres, realizaban importantes y delicadas tareas.

“Eran las que deflorillaban siempre”, afirma el trabajador Antonio García. Cortar con un cuchillo muy afilado la flor del plátano “lo hacía la mujer porque es más curiosa y más ágil para este tema”. También se dedicaban a limpiar, recortar la hoja del tallo para evitar la cochinilla.

Y siempre iban todas forradas: llevaban pantalones, falda, delantal, calcetines, botas, dos o tres camisas a la vez, un pañuelo en la cabeza, unos guantes muchas veces hechos a partir de calcetines, sombrero de paja. Todo para evitar que la savia de la platanera las manchara y proteger su piel de heridas y el sol.

SECUENCIA DEL CORTE DE LA ZANCUDA

En un rincón de la finca crece una platanera solitaria, de gran altura y origen cubano, a la que llaman "zancuda".

 

Para acceder al racimo de la zancuda, no queda otra alternativa que cortar primero el tallo.

 

El mato cae y el enorme racimo ya puede cortarse, mientras se posa sobre el hombro de un trabajador de la platanera.

Reportaje fotográfico: YURI MILLARES.

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