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PATRIMONIO > Salinas de los Cancajos
Las salinas de Los Cancajos, en La Palma, son, junto a las de El Hierro, las únicas de Canarias de mortero de cal y también cuentan con un proyecto de rehabilitación. Los primeros pasos en esta dirección ya se iniciaron en la Casa del Salinero. Hacía un siglo que cerraron, arruinadas por un impuesto.
Un impuesto la liquidó
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Por Yuri Millares |
El desarrollo turístico de Los Cancajos ha dejado a las salinas existentes en su costa como única referencia de la actividad económica anterior del lugar. El complejo de las salinas aparece hoy día rodeado por urbanizaciones y un paseo al borde del mar. En estado de semirruina por encontrarse abandonada desde principios del siglo XX, la rehabilitación que planteó el taller de empleo denominado Casa de la Sal se ha centrado en la denominada Casa del Salinero y construcciones anexas, pero la intención última es restaurar el conjunto, “incluso el funcionamiento de los ingenios de extracción de agua”, con “fines didácticos y culturales más que comerciales”, para su uso como museo y Casa de la Sal.
Cuatro son los tipos de salinas que existen en Canarias, la primitiva sobre roca, la antigua de barro, la antigua de mortero de cal y la nueva de barro con forro de piedra. De ellos, la de mortero de cal cuenta con dos ejemplos, el más antiguo en El Hierro, de 1680 (ver número 1 de RUTA ARCHIPIÉLAGO) y el de Los Cancajos en La Palma, salina construida en 1725 en terrenos del mayorazgo de la familia Fierro. Ambas tienen la singularidad de su ubicación sobre un cantil costero rocoso.
Trazado muy regular
Las salinas de Los Cancajos presentan un “trazado muy regular”, según el informe presentado en su día por el Ayuntamiento de Breña Baja, promotor de este taller. “La captación de agua se realizaba a través de una serie de pozos, y era elevada por los molinos de viento de estructura y rotor de madera. Disponían además de un sistema de depósitos elevados con dos estanques, de modo que el agua se trasvasaba del inferior al superior hasta un acueducto, con el caño de piedra tallada que la transportaba a los cocederos”. Su producción anual estimada era de 60 toneladas.
El funcionamiento de las salinas, cuando el viento no movía los molinos, la garantizaba una noria que movía un camello. El animal, que se importó de Lanzarote o Fuerteventura, fue uno de los escasos representantes de esta especie animal que llegaron a las islas más occidentales del archipiélago. Precisamente, entre las construcciones anexas a la Casa del Salinero se encuentra la que fue cuadra del camello, fácilmente reconocible por la altura de su puerta y las dimensiones interiores.
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Cantil rocoso con la estructura que albergaba uno de los molinos y el acueducto de las salinas./ foto Y. M. |
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| ESCRITO EN PIEDRA |
El proyecto de rehabilitación de la Casa del Salinero, redactado en diciembre de 2001, comenzó a ejecutarse a mediados de 2002. Con 144 tajos grandes y 36 pequeños, más dos cocederos, las salinas tienen un trazado descrito “modélico como obra reticulada, apareciendo perfectamente jerarquizados todos sus elementos”.
La producción de sal se abandonó aquí a finales del XIX debido a su escasa rentabilidad (el impuesto que gravaba la sal era muy elevado) y, dice Adolfo Rodríguez Sicilia, a que “la sal no servía porque el piso estaba de cal, la salina tiene que ser piso de tierra”. Él se crió en la zona y de niño andaba en ellas: “Yo jugué mucho allí dentro. Con unos molinitos pasaba el agua a las charcas, que después se llenó de salados. Mi madre nos contaba, porque ella se crió abajo en El Cantillo en la última casa, y ella se acordaba de ver las salinas andando. Si estuviera viva tendría ahora 115 años”. José Santos Tabares, aficionado “a las caminatas y a las cosas antiguas” explica que las ha visitado e indagado sobre ellas: “Había una capilla en la Casa del Salinero con un San Miguel que ahora está en la Casa Parroquial”.
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Adolfo Rodríguez (izquierda) y José Santos./ foto Y. M. |
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