EL REPORTAJE > Tabaco, cultivo en extinción en Canarias

TABACO EN CANARIAS

Historia de una planta que llegó de Cuba
Un cultivo en extinción

 

Las Islas Canarias tienen una arraigada tradición tabaquera de muchas generaciones. Casi tantas, como tiempo hace que la planta dejó de ser un mato silvestre en Cuba, para convertirse en un cultivo especializado que en aquella isla iniciaron emigrantes canarios, los llamados vegueros isleños. La Palma ha sido la última isla del archipiélago en conservar el espíritu de aquellos vegueros, con fermentadores como Augusto González. Pero el cultivo se está extinguiendo.

 

HISTORIA

 

La planta que llegó de Cuba

Por Yuri Millares

“Se ha investigado poco y se sabe lo mínimo”, asegura Anelio Rodríguez Concepción al referirse al tabaco y su relación con Canarias, una planta desconocida en la Europa del siglo XV y que poco después iniciaría su expansión por el mundo como industria, pero también como cultura de sensaciones y hábitos sociales, de ritos y ademanes, de ocio y hasta de actitudes hacia la gastronomía. Para este investigador palmero, el origen del cultivo sistemático en Cuba, la isla donde los primeros europeos llegados al continente americano vieron la planta y su utilización por los indígenas, se produce por la labor de los denominados vegueros isleños, es decir, de los emigrantes canarios que se establecieron en las ricas vegas cubanas en el siglo XVI. Antes de eso, el tabaco se recolectaba de plantas silvestres.

La pregunta es: ¿en qué momento llega la planta a las islas de donde procedían sus primeros cultivadores? No se conoce la fecha exacta, ni siquiera aproximada, en la que el primer isleño regresó portando plantas de tabaco. “Sí se sabe que en el siglo XVII ya había contratos de arriendo y subarriendo de venta de tabaco de Cuba y se empezaron a hacer pruebas, pero aún no un cultivo sistemático en las islas”, afirma Anelio Rodríguez, quien añade: “Se puede hablar de que hay siembra de tabaco, como actividad económica insular, a finales del siglo XVIII y, sobre todo, a lo largo del XIX”.

El investigador debe recurrir a la localización de pistas que proporcionen datos, escarbando en todo tipo de documentos para averiguar que, por ejemplo, en 1672 un tal capitán Julián Felipe envía una donación desde las Indias para construir el retablo de la Virgen de las Nieves y, además de oro, dona nueve arrobas y media de tabaco, un indicador de que el tabaco era ya muy apreciado en Canarias.

La Corona interviene
Pero como ha ocurrido en la historia económica de las Islas Canarias de los últimos siglos (también está el caso del vino), la Corona interviene en el mercado del tabaco a través de una arrendataria que ejercía el monopolio absoluto y estipulaba precios y comercio de la planta, perjudicando los intereses canarios. Ello será “motivo de conflictos en el siglo XIX”, señala este investigador, pero no impedirá que la industria tabaquera canaria se consolide entre avatares y presiones. A finales de ese siglo y principios del XX aparecen las primeras fábricas y proliferan las marcas de cigarros puros.

Estas fábricas, la gran mayoría en la isla de La Palma, se sustentaban en una producción local de tabaco en las mejores tierras de cultivo de los municipios de Breña Alta, Breña Baja, Santa Cruz de La Palma, Mazo, El Paso y Los Llanos de Aridane. Augusto González Pérez, el más conocido de los cultivadores de tabaco de esta isla, no ha investigado en viejos documentos, pero tiene del tema la información que la transmisión oral de generaciones de una familia, la suya, le ha llegado. Por eso afirma con conocimiento de causa que “esto viene de muy viejo para atrás, porque mis abuelos fueron a Cuba, al cultivo del tabaco, a mediados del siglo XIX y trajeron sus dineritos a La Palma”. Sus dineritos y también sus semillas.

El siglo XXI, sin embargo, la producción isleña de hoja de tabaco va camino de la extinción y Augusto, que era el mayor cultivador de La Palma a finales de los noventa, dejó de plantar el año pasado y no parece que vaya a plantar tampoco en éste. En su almacén mantiene aún un stock de 10.000 kilos de hoja de tabaco, curado, listo para su utilización como materia prima de los puros isleños.

 

Augusto González riega su plantación de tabaco con abundante y buena agua./ foto Y. M.

 

LA PALMA

Un cultivo en extinción

Por Y. M.

Con semillas cogidas en “un menguante bueno” empieza el largo proceso (hacer semilleros, plantar, desbotonar, quitar hojas, enhebrar, hacer gavillas, fermentar) que el cultivador Augusto González ha puesto en práctica toda su vida para obtener hojas de tabaco. Con ellas se han elaborado los puros palmeros de una industria artesana que aún pervive, pero ahora compra el tabaco fuera. La siguiente es una de sus últimas cosechas, paso a paso. Quizás no haga más.

Augusto González se define como “un fermentador de tabaco” y no se ha dedicado a otra cosa desde niño (salvo el tiempo de la mili y unos años de emigrante en Venezuela), que al cultivo de la planta que ha dado fama a la isla de La Palma entre los fumadores de cigarros puros. “Aquí todavía existe artesanía porque ha habido unos auténticos catedráticos haciendo puros a mano, heredando de muy viejo la pomposidad que hay, y es una alegría ver que eso existe”, explica a su modo, habiendo sido el mayor cultivador y fermentador y, por tanto, el principal suministrador de hoja palmera entre los pureros locales. Ahora, lamenta, “esto se esta abandonando”. La hoja de tabaco palmero empieza a ser una anécdota en la elaboración de puros hechos a mano en estas islas, cuya mezcla proviene de hojas de países en Asia, África y América, y su excelente manufactura de la tradición de expertos artesanos.

Semilleros
Para obtener buena hoja de tabaco, tiene que dejar Augusto la semilla de un año para otro. Deja florecer la mata y escoge las mejores, “que sean bien embarbaditas, que esté la hojita pegadita una a otra y sea rentable en lo sucesivo”, dice. La semilla la coge “en un menguante bueno, que sería cuando esté ya seconcita y se guarda a la sombra”, continúa relatando los pasos que da a lo largo del proceso de cultivo, tal y como antes lo hacían su padre y su abuelo. A continuación tiene que desgranar y hacer los semilleros entre los meses de noviembre, diciembre, enero, febrero y marzo, bajo malla, “que salen rápidos”. De ahí es donde coge las matitas para plantar.

Cuidar la planta
Lo siguiente que toca hacer, según va plantando en los surcos en abril y mayo, es regar con abundante y buena agua y abonar con estiércol de cabra y con nitrógeno. En la labor cuenta con la participación de su mujer Ana María García Afonso. Así, mientras él se pone a regar, sujetando paciente la manguera que amarra en un palo que apoya sobre su hombro, todas las matas, ella coge un balde y recorre las hileras de plantas y echa puñitos de nitrógeno. Buena agua, buena tierra, esmerados cuidados, un clima espléndido y un sol radiante animan a cada planta a elevar su tallo rectilíneo hacia el cielo, haciendo brotar profusas las hojas que crecen generosas. Pero las tareas que quedan son todavía muchas. “Cuando está a desbotonar: desbotonar; cuando está de quitar hojas: quitar; después, enhebrar”, resume algunos de los siguientes pasos. Desbotonar es “quitarle la florcita”. Entonces el tabaco ensancha y se procede a arrancar las hojas, una a una, a mano y por pisos.

Coger la hoja
 “La primera cogida, tres o cuatro hojas; la segunda, cinco o seis; la otra, seis o siete, hasta que se termina la vara principal. Luego echa los gallardetes arriba, que también se desbotonan y se le van quitando las hojitas”. Estas últimas hojas pequeñas “dan una tripa muy buena”, asegura Augusto, “porque es donde están el aire y el sol, es mejor incluso que las grandes para sacar tripas, para puros de tripa entera, no tripa de picadillo”. Tanto Ana María como Augusto cogen las hojas con cuidado y las llevan a un pequeño almacén donde las depositan en montones, donde realizan el siguiente paso: coser las hojas con un alambre fino. “Se pica el alambrito a la medida y se ponen dos hojas a cada lado, o tres si son pequeñas, viradas de espaldas para que cuando sequen no se enrosquen una con la otra, ni tengan mal color”.

Hojas al tendal
Así preparadas, cosidas con el alambre, ya pueden colocar las hojas en los tendales. Los tendales están formados por unas barrederas sobre las que se apoyan los cujes, unos largos palos donde cuelgan, sujetas por los alambres, las hojas a secar al sol. En ese secadero que se llama tendal “se uniforman las hojas y se le mete tela de invernadero encima, cuando ya está medio seco, para que termine la vena de secar y tenerlo menos días fuera”. De esta forma, asegura, merma menos la hoja y pierde menos aroma.

Guardar y despalar
Las hojas, que ya han perdido ese verde llamativo en el tendal y muestran un tono marrón propio del proceso al que acaban de ser sometidas, vuelven al almacén, a resguardo de la luz. “Se ponen aquí dentro y cuando llegan las blanduras relativas, que sería en octubre-noviembre (unas veces llegan en diciembre, un poco tardías), con esa humedad buena, se abren las puertas”. Ese frescor húmedo hace su efecto en las hojas y Ana María y Augusto aprovechan para “despalar y quitar el alambrito”.

Hacer gavillas y al pilón
Con las hojas despaladas (sin las venas gruesas) y sin alambre, llega el momento de enmatular y hacer gavillas, pequeños manojos atados de las hojas. Las gavillas se amontonan hasta formar un gran pilón, donde se somete a fermentación. “El pilón se castiga más bien con meses que no con agua, porque son unos tabacos finos, que ya el agua la llevan del campo”, dice él de su modo de trabajar. La fermentación que realiza Augusto se basa en darle tiempo. “Castigo los pilones con meses, seis meses, siete meses, hasta ocho meses. Y si tengo cosas que hacer me olvido un poco de él, porque aquí se está terminando de hacer, envejeciendo como el buen ron o el buen vino, dejando el tabaco de un año para otro, que es como el tabaco fuma bien y tiene el aroma, porque fumarse un puro de tabaco palmero es un privilegio”, enfatiza.

Destino: una buena mezcla

Los puros palmeros que llevan hoja cultivada y curada en La Palma sólo emplean una pequeña proporción de ella: los cigarros se elaboran utilizando distintas mezclas y diferentes hojas para tripa, capote y capa. “Aquí entra tabaco de 22 países”, afirma el propio Augusto, quien, de todas maneras, insiste en que “el tabaco mejor del mundo, se decía, se dice y se dirá, es el de Pinar del Río y el de la isla de La Palma”. Pero la fama que mantienen los puros canarios se debe también a la calidad de la mezcla y de la elaboración artesana, ya que la aportación de tabaco local es cada vez más insignificante.

 

Augusto, en su almacén, con gavillas de tabaco ya fermentado. Delante de él, el contraste en el color de las hojas recién cogidas ese día../ foto Y. M.