PATRIMONIO > Alfarería sin horno de Lugarejos

CENTRO LOCERO DE LUGAREJOS

Guisadero, en vez de horno
Recuerdo de loceras

 

El Centro Locero de Lugarejos, en el municipio grancanario de Artenara, tiene sus puertas abiertas al público. En él trabaja ahora la penúltima locera de este pago dedicado durante siglos a la elaboración de piezas de la alfarería popular: tostadores, bernegales, tallas, cafeteras, sahumadores…

 

GRAN CANARIA 

 

Guisadero, en vez de horno

Por Yuri Millares

El poblado troglodita de La Atalaya (municipio de Santa Brígida) ha sido el núcleo alfarero de Gran Canaria más conocido, visitado y fotografiado desde el siglo XIX. La proximidad al Monte Lentiscal y Tafira y a la propia ciudad de Las Palmas han favorecido ese acercamiento. Mucho más escondido y aislado ha permanecido todo este tiempo otro poblado troglodita de similares características: Lugarejos (municipio de Artenara). En sus casas-cueva también ha habido una población de mujeres que, durante siglos, se ha dedicado a la fabricación de loza de barro. Sus piezas llegaban después, llevadas a hombros de sus esposos o a la cabeza de las propias loceras (como se llama aquí a las alfareras), por sinuosos caminos y veredas, hasta la Aldea de San Nicolás, Agaete, Gáldar o Guía.

La tradición alfarera de este escondido pago de las cumbres grancanarias estuvo a punto de desaparecer por completo. El Centro de Desarrollo Rural Roque Nublo (Ceder) del Cabildo de Gran Canaria, antecesor de la actual Asociación Insular de Desarrollo Rural (Aider-Gran Canaria), impulsó un proyecto en 1994 que lo evitó: compró unas cuevas que habían sido alfar, convocó un curso de alfarería con las dos últimas loceras que quedaban vivas (Manuela Santana y Teresa Lugo) y reformó aquellas cuevas hasta convertirlas en Centro Locero de Lugarejos. Aquel mismo año, fruto del trabajo de 14 alumnos y alumnas, fueron guisadas 200 piezas de barro en el primer guisadero que veía el poblado troglodita en 30 años.

La loza de barro de Lugarejos, de la tipología conocida como alfarería popular canaria, tiene, sin embargo, una diferencia que la hace más original y primitiva del resto: las piezas de barro crudo se cocinan (guisan) al aire libre con pinocha y piñas del cercano pinar, y con leña de hogarzo, en un guisadero, en vez de emplear el tradicional horno de leña.

La única alumna

De aquellas dos loceras sólo queda viva Teresa, conocida en realidad como Carmela; y de aquellos primeros 14 alumnos sólo sigue en activo Mari León Sánchez, que además vive en el propio pago de Lugarejos. Ellas son las últimas loceras que fabrican la loza tradicional del lugar, en sus respectivas casas-cueva.

El Centro Locero, ha pasado por diversas vicisitudes desde entonces, sin llegar a funcionar con regularidad. En los últimos tiempos su gestión ha pasado a manos del Ayuntamiento de Artenara, que, con contratos temporales a alguna alfarera, tiene el edificio abierto al público durante el tiempo que dichos contratos están en vigor. Desde finales de diciembre de 2004 y hasta finales de mayo de 2005, la propia Mari León es, con uno de esos contratos temporales, quien se encarga de tener el centro abierto de 9.00 a 14.00 horas, de lunes a viernes. Allí, en una de las habitaciones, se sienta a levantar piezas de barro al modo tradicional; o se traslada a una de las cuevas a moler piedra de almagre a mano, con un antiguo molino de gofio como el que usaban los canarios prehispánicos.

 

Carmela Lugo cubre con pinocha el guisadero que rescató la alfarería de Lugarejos en 1994./ foto Y. M.

 

ESCRITO EN PIEDRA

 

Recuerdo de loceras

Entre las loceras que quedan en el recuerdo, perviven los nombres de algunas con sus historias singulares. Teresa Suárez Molina es recordada aún porque sus piezas eran las de más perfecta y fina hechura, entre el asombro de sus vecinas, por ser ella ciega (Justo Cubas Cubas, el único hombre de Lugarejos en este oficio, aprendió con ella y vive en Telde). Manuela Santana Cabrera contaba, cuando fue monitora del curso que rescató la alfarería del lugar, 83 años de edad y falleció poco tiempo después. De ella (hija de Zaragoza, otra mujer singular que “hablaba con los muertos”), recuerdan que venía a pie desde La Aldea con sacos de 50 kilos de millo. Adolfina Cubas Pérez, madre en 22 ocasiones, se fue a vivir a La Aldea, pero nunca dejó de hacer loza con barro de Lugarejos. Teresa Lugo (Carmela) es la última viva y en activo de las de antes. Su nuera Mari León ha tomado el relevo: madre de los dos únicos niños que viven aquí, David de 4 años y Gisela de 9 meses, quién sabe si la supervivencia de la alfarería en este apartado rincón de las cumbres grancanarias está en ellos.

 

Mari León, la única generación de relevo, prepara el almagre igual que lo hacían los primitivos canarios: en la cueva y con un molino de mano./ foto Y. M.

 

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