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PATRIMONIO > Llamaradas de tradición alfarera en La Atalaya (Gran Canaria)
La Atalaya es la localidad alfarera más conocida de Gran Canaria. En sus casas cuevas vivían familias dedicadas exclusivamente a dar forma a útiles piezas de barro que llenaban los patios (tallas y bernegales), cocinas (ollas), dormitorios (sahumadores), bodegas (jarras) y corrales (jarras de ordeño).
Llamaradas de tradición alfarera
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Por Yuri Millares |
La utilidad de la loza de barro ha perdido vigencia al ser sustituida por toda una serie de objetos y utensilios más modernos y resistentes al uso diario, pero aquellas piezas de gran belleza siguen encontrando sitio, en el hogar o la empresa, de quienes aprecian la cultura de un pueblo y la tradición de una actividad que se remonta a los primeros habitantes del archipiélago. Las casas cuevas de antaño son hoy viviendas de un barrio más del municipio de Santa Brígida, con las comodidades habituales en los tiempos que corren, pero la actividad alfarera pervive en el Centro Locero de La Atalaya gracias al trabajo permanente de un colectivo de artesanos.
La continua labor de quienes trabajan en el taller de este centro locero llena sus estanterías de piezas de barro crudo que cada cierto tiempo hay que guisar. Es lo que han hecho recientemente e ilustra esta página con la imagen siempre llamativa y sobrecogedora del fuego en acción. Tras un invierno especialmente frío, la llegada de los primeros días de temperaturas más agradables y sol animaron a los alfareros, que sacaron al exterior el resultado del trabajo de los últimos meses. Se orearon y recibieron el suave calor que el sol hacía llegar generoso, mientras disponían lo necesario para encender el horno una tarde de marzo.
A las 4.15 de esa tarde, Gustavo Rivero y Mercedes Cuenca dan comienzo a la tarea de llenar el horno. Pieza a pieza y con sumo cuidado, depositan primero las más grandes o que sean cerradas, después el tortaje (los platos y la loza abierta) y, por último, las menuencias (lo pequeñito). Para introducir la loza en el interior del horno Gustavo emplea un largo pitón (el tronco donde brotan las llamativas flores de la pitera). Media hora emplean en esta paciente y delicada labor, tras la cual, a las 4.45 encienden la leña de palos y tablas que han añadido.
Vigilando siempre el fuego, cuidan que la primera hora vaya suave y no haya un incremento brusco de la temperatura. “Es un momento crítico para las piezas, te la juegas arriesgando toda la producción de dos meses de trabajo”, explica Gustavo. Después, ya se le empieza a dar carda (subir la intensidad de la llama) con llaves (manojos de sarmientos de viña) y durante las siguientes dos horas el fuego incrementará su temperatura, hasta alcanzar los 700º C, escuchándose el crujir de la leña que a ratos estalla ante la virulencia de las llamaradas.
En este horno el fuego da directamente a las piezas, mucho más arriesgado que otros que sólo dan calor al barro hasta guisarlo. Pero la belleza de un bernegal, una talla, un tostador o un simple plato sometido a la acción directa del fuego, no tiene comparación con la perfecta y siempre homogénea cocción de otros hornos más industriales. Aquí, gracias al fuego, cada pieza adquiere personalidad propia, unas tonalidades únicas, una textura que mantiene viva la tradición de los hornos panaderos que, transformados para su uso con loza (y por ello, una boca más grande), se han usado en La Atalaya hace siglos.
A las 6.45 todo ha terminado: con el mismo pitón que se empleó para introducir la loza en el horno, Gustavo la retira en una operación muy delicada, ayudada por Mercedes, que coge las piezas más pequeñas con una horqueta de acebuche. Apenas en unos minutos al aire se enfrían.
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El horno alcanza temperaturas de hasta 700º C con la loza de barro guisándose en su interior./ foto Y. M. |
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| ESCRITO EN PIEDRA |
Francisco Rodríguez Santana (Panchito) y Antonia Ramos Santana (Antoñita la Rubia) fueron los últimos representantes de muchas generaciones de loceras de La Atalaya (salvo el caso de Panchito, era un profesión desempeñada por mujeres) hasta que la utilidad de su trabajo decayó. Sin embargo, tuvieron ocasión de transmitir sus conocimientos a una nueva generación de jóvenes dispuestos a tomar el testigo. La casa y alfar de Panchito ha sido convertido en ecomuseo y, junto él, se ha levantado el Centro Locero de La Atalaya con horno propio, taller, tienda y museo. Estas instalaciones las gestiona la Asociación de Profesionales de la Loza de La Atalaya (ALUD), la generación que ha tomado el relevo en la actividad alfarera y produce la cerámica popular y aborigen de la zona. Abierto de lunes a viernes, de 9.00 a 14.00 horas y de 17.00 a 21.00 horas; los sábados, de 10.00 a 14.00 horas.
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Retirar las piezas recién guisadas es una operación muy delicada, que se realiza introduciendo un largo tronco de pitera entre las brasas y la loza./ foto Y. M. |
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