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SENDERO > Camino de Jinama, en El Hierro (1)
Jinama: el más transitado y de más exuberante vegetación de los senderos de El Hierro. A través de él los herreños han vivido siglos de mudadas, salvando un desnivel de más de mil metros de altitud para poder estar en El Golfo durante la vendimia, recoger la simiente y la fruta o cavar las papas.
El sendero al inicio de su ascenso y, al fondo, el mirador de Jinama donde concluye, en la línea del horizonte junto a una hilera de árboles./ foto Y. M.
La ruta de las mudadas (1ª parte)
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Por Yuri Millares |
Los habitantes de Isora y San Andrés eran quienes más empleaban el camino de Jinama para bajar a El Golfo en lo que se conoce como las mudadas. Había que bajar cuatro veces al año y otras tantas volver a subir. Con sus pocas pertenencias y enseres del hogar, los herreños tenían dos casas, a cual más humilde, que les servía de cobijo para la familia, los animales y los productos que cosechaban. Basilio Padrón Morales relata cómo, tras la vendimia de octubre, en febrero volvían a bajar a Los Llanillos desde San Andrés, para cavar las papas “tempranas que plantamos en agosto-septiembre. Los animales los teníamos sueltos en estas costas, porque arriba es más frío y no venía el verde, el güelgo, hasta después de marzo. Podábamos la viña en marzo, cuando empezaban a calentar los tiempos en la parte alta, con los manchones reventando, las vacas empezando a parir. Entonces íbamos arriba marzo, abril, mayo y junio, que ya veníamos otra vez abajo a recoger la simiente. Antes se cavaban en el mes de junio las papas que plantamos en enero y llenábamos la casa de arriba de comida (higos, las papas que estaban allí, la cebada, el trigo), para bajar en el mes de julio y agosto. Estábamos en el verano, hasta vendimiar y volver a hacer ese ciclo”.
Las mudadas se hacían hacia asentamientos que en El Golfo agrupaban a vecinos del mismo barrio o pueblo de procedencia de la zona alta. Así, iniciamos el camino en la ruta de regreso partiendo de la iglesia de la Candelaria, zona de influencia de la gente de Valverde, que fundó aquí cerca el poblado originario de Tejeguate como primer asentamiento estable de El Golfo. El templo data de 1818 y, como curiosidad, tiene su campanario separado del edificio al que presta servicio, situado en lo alto de un enorme montículo de tierra volcánica rojiza: la montaña Joapira. A esa altura, el campanario podían escucharlo mejor los diseminados vecinos de El Golfo, explica Andrés García García, quien hace de guía para un grupo de trabajo del Cabildo herreño que sube Jinama y aporta los datos botánicos y etnográficos que se relatan en este reportaje.
Cancela
Cruzando la carretera y subiendo por la calle asfaltada detrás del bar Joapira (en 1913 era sede del Ayuntamiento de Frontera), seguimos en constante ascenso por una pista de cemento del barrio Los Corchos y rebasamos una típica vivienda rural herreña de dos plantas, la Casa Blanca, así llamada desde que fuera la primera encalada en todo El Golfo, visible (y punto de referencia) desde el mar. En este primer tramo del camino atravesamos también la finca del Pino ya con el sendero en su empedrado antiguo para adentrarnos en la zona de monte público en cuanto atravesamos la cancela del Pino (sin puerta hoy, pero que cerraba el paso al ganado suelto hacia los cultivos que dejamos ahora atrás) y disfrutar del entorno que crea el bosque termófilo herreño a esta altura, aún por debajo del mar de nubes (mocaneros, acebiños, fayas, sabinas).
Seguimos subiendo rodeados de más y más variada vegetación (jazmines silvestres, jaras, cerrajones herreños), entre la que no falta la rupícola incrustada en las propias paredes del camino (bejeques, sanjoras). La humedad aumenta a cada paso que damos y Andrés señala a unos ejemplares de taraguntia, planta cuyas raíces servían para hacer un gofio un poco picante en épocas de hambre (“la raíz es un tubérculo que se extraía con guataca y se molía”, dice). Así alcanzamos el barranco de Las Esquinas de donde se extrajo la tosca roja para construir la iglesia de la Candelaria. Se tallaba aquí mismo y los caminantes “pagaban peaje”: todo el que bajaba cargaba con un bloque de piedra para colaborar en la construcción del templo. Un gran barbuzano (el “ébano de Canarias”) tiene aquí sus hojas repletas de agallas para defenderse de los insectos; al pie, abundan helechos como la tostonera, la doradilla y otros.
Cochinos
Llegamos entonces a un tramo del camino que se ensancha bajo la oscuridad que proporciona un enorme mocán. El lugar se llama Mocán de los Cochinos y ello se debe a ser lugar de parada durante las mudadas. “Como el cochino es testarudo y se estropea las pezuñas si camina mucho, aquí es donde decía ‘de aquí no paso’. Se le amarraba en los amarraderos naturales que proporcionan las raíces del mocán”, explica Andrés, señalando las huellas de desgaste que muchos colmillos han dejado en algunas de estas retorcidas raíces al aire libre.
Al alcanzar la zona de influencia del mar de nubes la vegetación va cambiando. Entramos poco a poco en los dominios del monteverde. Entre su flora, también detectamos barasa (ingrediente del más típico potaje herreño) y, cubriendo el camino empedrado, cres de haya que se recolectaba para alimento de los cochinos. Bordeamos la Piedra y la Cruz del Fraile cuando llevamos recorridos apenas un 20 por ciento del trayecto (900 metros), una enorme piedra desprendida de las paredes que se elevan sobre nuestras cabezas y que la leyenda dice vino a caer sobre un fraile, por cuya alma se colocó encima una cruz.
¡Un llano!
El ascenso no deja de ser duro, por lo empinado, y las curvas de cada vuelta son anchas y llanas para permitir a las bestias, que antes transitaban esta ruta, girar con comodidad antes de iniciar el siguiente tramo ascendente (“después de cada curva viene una pechada”). Por eso, tras rebasar el Mocán de la Sombra y la tosca tallada donde una vez se colocó el retrato de una Virgen de la Concepción, llegamos al mojón que indica 2.388 metros caminados y el inicio de un tramo “de descanso”: ¡60 metros llanos! Y casi sin darnos cuenta estamos, al poco, en Hoyo de Tincos, un precioso rincón de atractiva vegetación arbórea y rupícola propia del monteverde, con agua (Fuente de Tincos) y, por tanto, abrevadero natural de la avifauna local. Estamos ya a una altitud de 890 metros sobre el nivel del mar y nos quedan por subir todavía casi 3.500 metros más y, de paso, conocer una curiosísima costumbre herreña: el malgareo.
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El Mocán de los Cochinos, en un oscuro recodo del camino, todavía deja ver las huellas de los colmillos de los cochinos que se ataban a sus raíces./ foto Y. M. |
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| CUADERNO DE CAMPO |
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Por David Bramwell |
Mi primera experiencia del camino de Jinama fue en 1970, en compañía de Don Enrique Sventenius y su gran amigo Don Ventura Bravo. Pasamos diez días en El Hierro, en el mes de marzo, sin ver el sol y con lluvias torrenciales casi todo el tiempo. Nos alojamos en una pequeña pensión en Frontera, igual de húmeda en su interior que en el exterior, y no había forma de secar nuestra ropa ni las plantas para el herbario. La dueña de la pensión nos tenía sometidos a una dieta estricta de huevos fritos, papas fritas, queso tierno, higos secos y pan tres veces el día. Al cuarto día, Don Ventura le preguntó a la señora si los huevos que comíamos eran de sus propias gallinas y, tras recibir una respuesta afirmativa, quiso saber si no habría una gallina vieja para preparar un poco de sopa caliente. Al otro día y durante los tres siguientes tomamos sopa a diario, más diluída en cada comida, por cierto.
El día que bajamos hasta Frontera por el camino de Jinama, el sendero parecía mas un río que un camino, pero las ganas de ver plantas endémicas de la isla, como la Bencomia sphaerocarpa y la Argyranthemum erythrocarpon, así como las poblaciones locales de Sideritis canariensis, Crambe “strigosa” y Cerastium sventenii nos daba ánimos para seguir. Los riscos y los bordes del camino (en gran pendiente) no nos defraudaron, con lujosos ejemplos de taginastes, cerrajas, veroles estrelladeras y una gran población de madroños. En el bosque destacaban los mocanes y el palo blanco, árboles relativamente raros en otros lugares del archipiélago.
Recuerdo también unos ejemplos arborescentes de la tabaiba (Euphorbia broussonetii) y las alfombras de Geranium canariense y Myosotis latifolia debajo de los árboles de la laurisilva. Terminamos la excursión patinando en el barro, pero contentos como botánicos. Al llegar a la pensión, la buena señora se enfadó con nosotros por la cantidad de barro que traíamos en las botas, recordándonos que la muchacha que venía a limpiar lo hacía solamente dos días en semana. Durante la cena, don Ventura apareció con dos botellas de vino blanco de Sabinosa “pa’l frío”… ¡¡y para echar un poco a la sopa y cambiarle el sabor!!
| FICHA | |
Ilustración de Henry para el libro de Bannerman 'Birds in the Atlantic Islands'./ EL MUSEO CANARIO |
Petirrojo (Erithacus rubecula). Especie con presencia en las islas centrales y occidentales del archipiélago canario, en El Hierro ocupa, sobre todo, el monteverde de El Golfo. Pinzón común, tintillón (Fringilla coelebs). Cuenta con tres subespecies en Canarias: en Gran Canaria, Tenerife y La Gomera, la F. c. canariensis; en La Palma, la F. c. palmae; y en El Hierro, la F. c. ombriosa, donde es abundante en el monteverde de El Golfo y en zonas de fayal-brezal e incluso pinar. Mosquitero, hornero, mosquita (Phylloscopus canariensis). Considerada especie diferente en el archipiélago de la común P. collybita, habita las mismas islas que las aves anteriores; en el caso de El Hierro, distribuida por todo el territorio.
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| DISTANCIA, TIEMPO Y ALGO MÁS |
El camino lo hacemos en sentido ascendente, por ser un día de lluvia poco propicio para bajar (y resbalar) por el empedrado que cubre el 90% del trazado. Son 2,8 km de serpenteante sendero con 46 vueltas hasta la parada en El Miradero, desde la cota 350 en la partida a la 970 a la llegada, al final de este primer tramo. Aún nos quedan 1,5 km por delante, hasta subir a la cota 1.230.
Pino solitario
Un solitario pino canario al inicio del sendero empedrado, después de rebasar la Casa Blanca y dejar atrás la pista de cemento, da nombre al entorno (El Pino), donde el bosque fue talado por los colonos de los asentamientos cercanos para cultivar viña en sus laderas.