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PATRIMONIO > Faro de Abona (y 2)
El faro de Abona luce una imagen renovada tras la restauración de su viejo edificio. Inaugurado en 1902, había quedado en desuso y abandonado en 1978 tras la construcción de la nueva torre que se yergue a su lado. Hasta allí llegó un día el superviviente de un naufragio que despertó sospechas… entre la Guardia Civil.
¿Demonio, contrabandista o náufrago? (2ª parte)
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Por Yuri Millares |
Una pareja de guardias civiles acudió a la llamada del torrero Demetrio González, informando de la llegada en muy malas condiciones físicas de un náufrago [ver primera parte de este relato en número anterior de la edición digital de esta revista], y ante su asombro, se presentaron con la intención de llevarse detenido al marinero. “No, no, está bajo mi protección aquí en el faro y no sale de aquí. Si ustedes quieren llevárselo detenido, van a tener que pedir una orden para poder entrar y poderse llevar a esta persona, porque están ustedes en un establecimiento oficial”, se enfrentó el torrero. “¿Es que usted me garantiza?”, respondió el que venía al mando de la pareja, “¿que es lo que él dice?”. “No creo que tenga interés en decir una cosa que no es”, le replicó González Velasco. “Bueno, bueno, pues bajo su responsabilidad llamaremos a una ambulancia y allá usted con los problemas que le traiga esto”, aceptaron y amenazaron.
“Como es natural, no vino ningún problema. En aquella época resultaba que empezaba a haber bastante contrabando por aquel lugar y con uno de los guardias civiles ya había tenido yo un problema saliendo una vez hacia Santa Cruz. Había salido yo de noche y a la salida del Porís de Abona había aparcado un jeep Willys de aquellos que empezaba a tener la Guardia Civil, y me metieron el cañón de una metralleta por la ventanilla del coche. ‘Joder, pues no tienen ustedes miedo ni nada’, le dije yo al guardia civil. Y aquello lo tomó a ofensa y entonces me explicó: ‘No es miedo, es que resulta que hay mucho contrabando por todos estos lugares’. ‘Pero ustedes me han visto salir del faro’. ‘Sí pero es que en el faro también debe de haber contrabando’. En fin, anécdotas”, concluye su relato.
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Aparato óptico en la nueva torre del faro de Abona./ foto Y. M. |
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| ESCRITO EN PIEDRA |
Las referencias que hace Demetrio González a la existencia de contrabandistas en la costa del faro de Abona le traen a la memoria otras historias del mismo estilo, aunque, en este caso, para no dormir. “Mi primer destino fue Cabrera, en Baleares –relata–. Estuve nada más que seis meses. Pasé las de Caín. No sé si sabe lo que representa que a un chiquillo de 18 años, sin ninguna clase de experiencia vivida, le metan en una isla de 5 kilómetros cuadrados. En una punta de la isla había un destacamento de la Guardia Civil y una compañía del Ejército y en la otra parte de la isla, el faro. Se contaban leyendas de contrabandistas y en una de ellas se contaba, además, que se habían llevado a los torreros y no habían aparecido más. Total, que yo llegué ahí con miedo del de verdad. En cuanto sentía una lancha, un pu-pu-pu-pu, los ojos míos... –hace el gesto de abrir los ojos de modo desorbitado–. No dormía. No comía. Cuando pedí traslado a Anaga, me acuerdo que el ingeniero jefe me dijo: ‘¿Pero qué hemos hecho nosotros con usted?’. Porque yo iba que parecía una espina. Yo era un chiquillo atemorizado, todo me daba miedo: Había comprado una escopeta de un cañón y en Cabrera dormía con ella sin seguro y con un cartucho dentro; no apagaba el quinqué, porque las sombras me parecían todos los demonios habidos y por haber”. Cuando por fin llegó a Canarias, “respiré”, dice.
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El viejo edificio del faro de Abona y la torre de hormigón desde donde emite ahora sus característicos destellos./ foto Y. M. |
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