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SENDERO > Jerduñe a Seima (La Gomera)
Partiendo desde los límites del Parque Nacional de Garajonay, cerca de la degollada de Peraza, el camino discurre de cumbre a costa hasta la playa del Cabrito. Nuestro objetivo, sin embargo, es llegar sólo hasta el pueblo abandonado de Seima, testimonio mudo de unos tiempos que no volverán.
Postes de la luz sin cables se dirigen, igual que el camino, a Seima, cuyas casas aparecen al fondo./ foto Y. M.
Tiempos que no volverán
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Por Yuri Millares |
Del lugar denominado con precisión Casa del Lomo, al borde de la carretera de la degollada de Peraza a Playa Santiago, parte este camino al borde de un lomo y deja atrás una solitaria casa. Un camino empedrado que transcurre en su inicio y durante un largo tramo por la margen izquierda del barranco de Chinguarime. Entre los ladridos lejanos de algún perro damos los primeros pasos descendiendo por el sendero. Ladridos que proceden del caserío grande de Jerduñe, llamado por los lugareños Mequesegüe, y situado unos cientos de metros a la derecha junto a un palmeral, en la cabecera del barranco de Chinguarime.
El caserío pequeño que también es Jerduñe, pero se llama Berruga, sí se cruza con el camino, minutos después de una fuente preparada para dar alivio y calmar la sed de personas y animales, con su bebedero para éstos y una latita con asa de verguilla que aquéllos pueden introducir tras el hueco que forman las piedras.
Poco más de media docena de vecinos forman el censo de Jerduñe [en 1995, cuando se sitúa este relato], incluyendo a los dos únicos vecinos de Berruga, ocupando una vivienda tradicional junto a otras que muestran ya los síntomas del abandono y la migración. Junto a las casas, unos llanos que se cultivan de papas y que, en su mayoría, ya no se trabajan. En los últimos llanos cultivados el único hombre de Berruga prepara los surcos de donde saldrán unas matitas verdes que esconden, bajo tierra, el preciado tubérculo de dieta tan socorrida. La única mujer colabora en diversas tareas al tiempo que reúne leña para cocinar.
Candela
Deben acondicionar los terrenos antes de cada siembra, por eso “tendría que dar fuego a los paredones”, dice él refiriéndose a esos muros de piedra que señalan los límites de cada llanito, “pero el jumo asusta a la gente y enseguida vienen los guardias a ver qué pasa”. El humo causa alarma desde lejos a quien lo divisa, más en una isla como ésta, donde incendios de triste recuerdo han arrasado hectáreas de bosques y, en algún caso, segado vidas. Sin embargo, pastos, rastrojos y hojas secas de palmeras hay que eliminarlos para reducir esos riesgos. “Antes había aquí sembrados y carboneo y no había fuego ninguno”, explican los últimos vecinos de Berruga, pero, abandonados los campos y sin los cuidados que antes se le hacían, la vegetación crece más libre, pero también con más riesgos para sí misma. “Es que si no se limpia el terreno y hay un fuego, entonces sí que se enchurrusca todo con la candela”.
La vegetación natural que observamos donde comienza esta ruta incluye escobones, jaras, tabaibas, tajinastes, veroles y un largo etcétera, mientras, en dirección a los riscos de la Fortaleza, pegados al estrecho pero seguro sendero por el borde del barranco de Chinguarime, aparece otra más termófila de transición, rupícola y alguna propia del monteverde. Más tarde, en zonas más soleadas, se añaden el espliego, más jaras y tabaibas y algunas palmeras, cuando accedemos a un relieve llano dedicado en el pasado a cultivos y hoy sólo son pastos y paredones.
Cruce y dos opciones
Justo unos metros antes habremos pasado junto a algunas de las numerosas construcciones que acompañan estas extensiones amesetadas que llevaron más allá de donde alcanza la vista los cultivos de cereales. Las casas-cueva de Tacalcuse, pegadas a las rocas del risco, aprovecharon de éste incluso su roca volcánica para instalar el horno. La protección de las paredes rocosas termina aquí, pero no el camino, que sigue descubierto y siente pronto la fuerza de un viento que agita el pasto y nos sitúa ante un cruce con dos opciones.
A la izquierda se dirige a la hoya de Morales, a la derecha hacia Contreras rumbo a Tecina. La hoya de Morales es nuestro siguiente destino, entre algunas construcciones desperdigadas que no son sino el adelanto de lo que fue un importante núcleo poblacional: Seima. Hasta él debemos descender observando cada vez con mayor detalle la ruina de un pueblo de casas pequeñas, alineadas en diversos niveles, con sus huertos abandonados y los techos hundidos. El último de sus habitantes lo abandonó [mucho] antes de que la década de los noventa [cuando llegamos] pasara factura al calendario. Su estructura conserva la distribución y organización de un poblado, dedicado por entero a una agricultura y ganadería tradicionales, que se mantuvo aislado hasta el último momento de vida en su interior.
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El sendero a Seima, con charcos de lluvia./ foto Y. M. |
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| CUADERNO DE CAMPO |
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Por David Bramwell |
En mi primera visita a Canarias en el año 1964 como joven estudiante de Biología pasé un mes y medio en La Gomera, caminando por las veredas de la isla con el saco de dormir. Y al principio iba con una bolsa de muesli, hasta que descubrí la pelota de gofio con almendras y miel y el queso gomero de cabra y oveja. Llegué el 15 de agosto a la degollada de Peraza, un pequeño paraíso para un estudiante de la flora. Normalmente, en pleno verano hay pocas plantas en flor, pero en este lugar la niebla es constante y encontré muchas especies en plena floración, incluyendo algunas plantas endémicas de la isla. Entre ellas recuerdo la col de risco (Crambe gomeraea), varios veroles (Aeonium decorum y A. subplanum), una retama amarilla (Teline gomerae) y una salvia blanca (Sideritis spicata).
Este lugar está en el límite del bosque húmedo de fayal-brezal con elementos de laurisilva y fue me primer encuentro con algunas de estas especies, porque en otros lugares de la isla se encontraban en pleno descanso de verano. Debajo de los riscos había una alfombra de colores, el geranio canario (Geranium reuteri), la morgallana (Ranunculus cortusifolius), la Pimpinella junionae, esta última una pariente endémica de la matalahúga del Mediterráneo (P. anisum) y la violeta (Viola odorata ssp. maderensis). Recuerdo también encontrar una pequeña planta suculenta en las grietas de los riscos que había sido, pocos años antes, una de las muchas especies nuevas descubiertas por don Enrique Sventenius en La Gomera, la Monanthes amydros.
Estuve varias horas explorando este fascinante lugar antes de salir por el caminito hacia Jerduñe y la Fortaleza. ¡Que contraste! La vegetación esparza y seca de las laderas del sureste, con sus tabaibales del endemismo gomero Euphorbia berthelotii, la dura y espinosa Echium aculeatum. El paisaje era magnífico con palmeras aisladas y alguna sabina y, de vez en cuando, en la sombra de una piedra una margaza en flor, resistiendo todavía el sol del verano bastante mejor que el joven botánico inglés. Noel Coward decía en una de sus canciones: “sólo los perros locos y los ingleses salen el sol de mediodía”.
| FICHA | |
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Ilustración de Henry para el libro de Bannerman 'Birds in the Atlantic Islands'./ EL MUSEO CANARIO |
Curruca cabecinegra o capirote colorado (Sylvia melanocephala). Ave mediterránea y del norte de Marruecos que en Canarias (imagen, a la izquierda) se incluye en la subespecie endémica S. m. leucogastra, aunque el canto varía de las currucas de las islas orientales a las del resto del archipiélago. En La Gomera, abundante en zonas de brezal y sabinar; su canto se puede escuchar en Jerduñe. Bisbita caminero o corredor (Anthus berthelotii). Endemismo macaronésico (Canarias, Salvajes y Madeira). Es el ave más común del archipiélago canario (abajo, derecha); en La Gomera presente en los lomos de la mitad meridional de la isla (Seima, Arguayoda). Alcaudón real (Lanius excubitor). La subespecie endémica en Canarias (L. e. koenigi) vive en ambientes abiertos de las islas centrales y orientales.
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| DISTANCIA Y TIEMPO |
Desde el enlace con el camino (900 m de altitud), al inicio de la carretera en dirección a Playa Santiago, hasta el pueblo de Seima (550 m) hay poco más de cinco kilómetros que se pueden recorrer en algo más de dos horas./ Ilustración: Y. M.