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MERLUZA CANARIA

Delicioso pescado blanco
Yo fui en el correíllo / 4

 

Aunque su nombre oficial comercial en España es mora (de hecho, su nombre científico es Mora moro), también se conoce como merluza canaria. Tiene distintas denominaciones en portugués: abrótea do alto en Madeira y melga en Azores. Auténtica joya de la gastronomía, insisten los investigadores de Biología Pesquera, tiene un magnífico maridaje con los extraordinarios vinos blancos de Canarias. Más abajo en la misma página, el testimonio de quienes viajaron en los correíllos (vapores correo) ofrece el relato de Pedro Schlueter: "Vicente Puchol mártir por un galletazo".

 

'MORA MORO'

 

Delicioso pescado blanco

Por J. A. González, J. I. Santana y grupo de Biología Pesquera
(Instituto Canario de Ciencias Marinas)

DESCRIPCIÓN
Cuerpo alargado, aunque más alto en la región anterior y afilándose hasta el principio de la cola que es estrecha. Ojos grandes. Una barbilla en el extremo de la mandíbula inferior. Dos aletas en el dorso, la primera, corta con el primer radio filamentoso; la segunda, larga; una aleta anal en la parte ventral posterior, aparentemente dividida en dos, y dos aletas ventrales en la parte ventral anterior. Todas las aletas desprovistas de espinas; las pectorales no alcanzan el origen de la aleta anal. Borde posterior de la cola en forma de media luna. Escamas grandes y caedizas. Color pardo-gris oscuro, con el vientre más pálido.

BIOLOGÍA
Habita en aguas profundas de todos los océanos entre 62º N y 50º S (distribución circuntropical). En el Atlántico oriental: desde Islandia hasta Cabo Bojador, incluyendo Azores, Madeira y Canarias. Particularmente abundante frente a las costas atlánticas de Marruecos y Sahara Occidental. Vive ligada a los fondos (especie bentónica). Común en Canarias, se encuentra por encima de fondos fangosos y rocoso-fangosos entre 340 y 1.365 m de profundidad, sobre todo a más de 600 m. Alcanza una talla máxima de 73 cm de longitud total (4,75 kg), siendo común desde 37 cm (0,5 kg). La reproducción (desove) tiene lugar en noviembre-diciembre. Presenta régimen alimentario carnívoro, basado en peces, crustáceos y moluscos.

INTERÉS PESQUERO
En Canarias solía pescarse con aparejos de anzuelo (liñas de mano y palangres verticales), aunque las pescas de investigación han demostrado que también se captura con nasas de fondo. Los rendimientos pesqueros con anzuelo son superiores a los de las nasas. Generalmente aparece, como especie acompañante, en las pesquerías con palangres horizontales de fondo dirigidas a merluza o pescada (Merluccius merluccius) y goraz (Pagellus bogaraveo). Si bien este recurso es bien conocido por los pescadores veteranos, no lo es tanto por nuestros restauradores. A pesar de ser relativamente abundante, el nivel actual de explotación de merluza canaria es bajo y su interés comercial moderado. Por estas razones, en el marco de los proyectos Interreg III B Pescprof I-III (2003-2007) estamos realizando un esfuerzo de prospección, divulgación y promoción de este recurso pesquero alternativo de aguas profundas de Azores, Madeira y Canarias.

UTILIZACIÓN Y PREPARACIÓN
Se utiliza sobre todo en fresco, también refrigerada y a veces congelada. Se comercializa principalmente en rodajas; menos frecuentemente, entera. Durante una serie de pescas exploratorias en Marruecos y Sahara, se preparó el producto en troncos (sin cabeza y sin cola), evitando presentarlo con el estómago asomando por la boca debido a la descompresión (y que le valió el nombre de “hediondo” dado por muchos pescadores). Este pescado se prepara generalmente frito, aunque se puede cocinar encebollado. Carne blanca, poco firme, de excelente calidad.

VALOR NUTRICIONAL
Es un pescado magro (blanco), muy fino, con 1,3% de grasas, 21% de proteínas y 2% de minerales. Aporta 97 kilocalorías, 15 mg de ácido oleico, 45 mg de ácidos grasos omega-3 y 1 mg de omega-6 por cada 100 gramos de porción comestible.

MÁS INFORMACIÓN
www.pescabase.org
www.pescprof.net

La mora o merluza canaria es de una carne blanca de excelente calidad, superior a la propia merluza, a la que podría sustituir en la mayoría de sus recetas./ ilustración ANA BAUTISTA Y ROSA D. MEDINA- OCEANOGRAFICA.COM

 

YO FUI EN EL CORREILLO / 4

 

‘Vicente Puchol’, mártir por un ‘galletazo’

Por Pedro Schlueter Caballero
(Conferenciante musical y autor de teatro)

Los instantes finales de la historia del correíllo Vicente Puchol constituyen un borrón en los anales de la Compañía Trasmediterránea, por el grave accidente de que fue objeto. En pocas palabras, un 24 de agosto de 1960 el navío fue a dar junto a la playa de las Galletas, al sur de Tenerife, portando 58 pasajeros a bordo. Aunque por aquí la galleta es sinónimo de bofetada, estoy seguro de que en aquel momento no fue para mí ninguna sorpresa la galleta propinada por la playa de las ídem a aquel deplorable espécimen de embarcación.

Hoy me encuentro curado de la impresión producida por el hecho, pero cuando en pleno verano de 1960 supe del grave percance del correíllo, pasé, primero, de la sorpresa al miedo y, luego, al mayor de los desasosiegos, pensando hasta dónde podía llegar mi culpabilidad en aquel suceso.

Examen de ‘Preu’
Curso escolar 1958-59. Estudio el Preuniversitario. Por caprichos de la enseñanza, aprendemos, más bien nos especializamos, en asuntos tan concretos como los Cronistas de Indias, la historia y geografía de Italia y la obra Christmas Carol de Charles Dickens, por citar unas pocas materias y no aburrirles con el resto. Recuerdo que durante aquel curso, la obra del literato inglés influyó de tal manera en nuestras vidas que éramos capaces de recitar su comienzo en pleno sueño: “Marley was dead to begin with…”

Llegó junio del 59 y, con él, la necesidad de rendir cuentas de lo que habíamos aprendido durante el curso. Para ello había que desplazarse a La Laguna, en cuya universidad –a mí al menos me lo parecía así– debíamos someternos a la tortura del saber. Salí de casa para mi primera aventura estudiantil portando una vieja maleta de tela, rodeada de grueso hilo para que no se abriera durante el viaje. En su interior, tres o cuatro mudas y una lata con gofio y azúcar.

Era una noche de primeros de junio y, al llegar al muelle, nos saludó inquieto el Vicente Puchol que, incluso atracado, se estremecía y movía de contento al vernos. Se rumoreaba que era embarcación en donde mareaba hasta su capitán y, por supuesto, nada comparable al Lion and Castle, vamos, al León y Castillo. Mi pasaje de cubierta era eso: pasaje de cubierta. Y como tal, entre bultos y gruesas maromas me dispuse a acomodar mi cuerpo en pos de la aventura por venir… ¿Aventura? ¡Un cuerno! Al dar la vuelta a La Isleta, la travesía se transformó en el mayor de los riesgos de irnos a pique, ya que aquel maldito cascarón, más que navegar, parecía querer emular a un submarino que, con o sin periscopio, se hundía en las profundidades para salir nuevamente a la superficie, dispuesto, siempre, a ofrecer una nueva entrega de su particular forma de navegar al sufrido pasaje.

Blancos como papel
Llegamos a Tenerife. No sé cómo, pero sí transparentes unos, blancos como el papel otros, y los menos dispuestos a lo que fuera con tal de celebrar el éxito de haber salido indemnes del peligroso viaje. Habíamos vencido al primer contratiempo, pero aún nos esperaba otro. Los numerosos alumnos que debíamos someternos al examen de inglés fuimos divididos en dos grupos. Al primero le tocó la obra de Dickens; al segundo, en el que me encontraba yo, un texto –en inglés, por supuesto– en donde se narraba la convalecencia de Enrique VIII tras haberse partido una pierna. ¡Quién le mandaría meterse donde no lo llamaban! En su jardín, el monarca inglés se deleitaba en enumerar las mil y una plantas que lo rodeaban. Y yo, claro, me perdí en medio de tan tupida vegetación, logrando como único resultado un sonoro suspenso plantado en la mejor de las macetas.

En aquel momento maldije y sin razón la obra de Dickens, cosa de la que luego me arrepentiría muchas veces; y maldije, también, aquella travesía a bordo del Vicente Puchol, al que deseé lo peor de lo peor que pudiera pasarle. Por eso mi espanto al verano siguiente cuando leí que había embarrancado cerca de la playa de las Galletas. A pesar de todo, ¡un merecido tortazo para un impresentable medio de transporte de la época!

Entre los buques correo que Trasmediterránea perdió en Canarias están el ‘Ciudad de Málaga’ (fotografiado en Tenerife en 1935 unos meses antes de ser abordado y hundido por el ‘Good Hoore’) y el ‘Vicente Puchol’ (que embarrancó en 1960)./ FERNANDO PÉREZ MELIÁN (AFHC-FEDAC)