Entre el pueblo de Arure y la desembocadura del barranco de Valle Gran Rey (La Gomera), el camino discurre en alto por los llanos de La Mérica ofreciendo a cada instante espléndidas y variadas vistas: barranco de Arure, Taguluche, Fortaleza de Chipude, muelle pesquero en La Vuelta.
La era, sobre un llano inclinado
El viejo núcleo del pueblo de Arure, Las Casitas, se sitúa en torno a su iglesia y la Casa de la Cultura. Se separa de Chipude para constituirse en municipio en el siglo XIX, aunque en 1941 cambia la denominación de Arure para el término municipal por la actual de Valle Gran Rey. Frente a su antiguo casco, la carretera que atraviesa el pueblo tiene en una curva el acceso al sendero (primero es calle y pista), que también, en su inicio, es el acceso al mirador de Santos (espléndida vista aérea de las casas de Taguluche). Pero siguiendo el camino hacia el llano del Pedregal nos adentramos por el sendero, pasamos junto a la gran oquedad de la cueva de Terejiguete y, siempre en sentido ascendente por el empedrado, alcanzamos una amplia llanura en lo alto del risco de Perico que, suavemente, se inclina hacia el horizonte y se funde con el mar: La Mérica. Una gran era se cruza con el camino, testigo mudo de tiempos de siembra de algunas familias que vivían de este llano cerealero. Después de atravesarlo llega el descenso en acusada pendiente por el risco de Perico, serpenteando la altura para llegar directamente al borde del mar –tras rebasar la cañada del Picacho– en el núcleo urbano de La Calera.
Una era es todo lo que queda de la actividad cerealera en los llanos de La Mérica./ foto Y. M.
La Mérica, curioso nombre ¿no?
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Por David Bramwell
(Director del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo)
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Mi primer viaje a Canarias en el verano del año 1964 fue como miembro de una excursión de estudiantes de la Universidad de Liverpool, con la intención de realizar un proyecto sobre la isla de La Gomera. Participé como botánico y fue casi mi primera experiencia de una flora subtropical y en una isla donde no existía ni la prisa ni el estrés. Cuando llegué con mis compañeros al pueblo de Vallehermoso, su alcalde nos recomendó acampar cerca de la ermita de San Isidro, en el lugar conocido como los Chorros de Epina. Desde nuestro campamento dediqué varias semanas a explorar los bosques de laurisilva y los riscos del lomo del Carretón y de La Mérica, desde Arure a, casi, Valle Gran Rey.
Había que subir los pies de monte desde el camino, para alcanzar la vegetación de los riscos donde, en pleno verano, todavía fue posible encontrar algunas plantas en flor. Encontré cosas muy interesantes, como la Euphorbia lambii o tabaiba de Epina, descubierta unos años atrás por don Enrique Sventenius, y también otro de sus recientes descubrimientos: el verode Aeonium rubrolineatum en plena floración en el mes de agosto.
Los riscos estaban llenos de plantas totalmente nuevas para mí: las cerrajas leñosas, casi arborescentes cuando las de las islas Británicas eran todas pequeñas malas hierbas, o una col de risco sin saber que era una especie nueva para la ciencia. Recolecté esta planta otra vez en 1969, cuando mi conocimiento de la flora canaria era un poco mayor y la anoté con el nombre de Crambe wildpretii spec. nov. en la etiqueta del pliego de herbario. Posteriormente fue descrita como una especie nueva con este nombre, dedicado a don Wilfredo Wildpret, catedrático de Botánica de la Universidad de La Laguna.
Recuerdo a la gente de la casa de La Mérica cuando llegué allí, cansado y con hambre, y me dieron queso, gofio con miel y agua; en aquel momento, todo un banquete. Unos años después, hablando con don Jaime Vega Hernández en su casa en Vallehermoso, estuvimos discutiendo algo sobre los viajes de Colón y me comentó lo siguiente: El pico de La Mérica, unos 900 metros aproximadamente, fue un punto de referencia para los marineros canarios y españoles cuando viajaban entre las islas. Don Jaime tenía la hipótesis de que cuando los marineros de Colón vieron el nuevo mundo por primera vez alguien, quizás un gomero, gritó: “¡Mira! La Mérica” y de este modo bautizó el continente con el nombre de América. ¿Interesante teoría, o no?

Tramo empedrado del camino./ foto Y. M.
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Distintos paisajes
Tiene un recorrido de poco más de siete kilómetros entre distintos paisajes, según se va ascendiendo y descendiendo hacia la costa durante dos horas y media.