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BOSQUE DE AGUA GARCÍA

Viñátigos centenarios en la selva que producía vidrio
Cuaderno de campo
Distancia, tiempo y algo más

 

Tras la conquista castellana de Tenerife, el colono García Morales recibió en pago a sus favores a la Corona un territorio de abundante y buena agua, en la espesura de una selva de laurisilva. Una joya conocida desde entonces como bosque de Agua García, cuyo reducto sobrevive en Tacoronte.

 

EN LA ESPESURA

 

Viñátigos centenarios en la selva que producía vidrio

Por Yuri Millares

El bosque de Agua García es el último reducto de la gran selva de monteverde que dominaba el norte de Tenerife, donde la exuberante vegetación de la laurisilva escondía su suelo del cielo. Tras la conquista llegó el poblamiento con colonos que se iban a dedicar a la agricultura y al cultivo de la caña de azúcar, necesitando para ello roturar tierras; madera para construir casas, muebles y herramientas; mucha leña para alimentar los ingenios; y carbón para el fuego del hogar. Entre los siglos XVI y XIX el bosque sufrió unas talas masivas que casi lo hacen desaparecer.

Hoy queda, para disfrute de quienes deseen practicar del agradable paseo por sus senderos, un área protegida al que se puede acceder fácilmente desde el Centro de Información Patrimonial que gestiona el Ayuntamiento de Tacoronte. Aquí encontraremos información completa de la historia, naturaleza y usos de este bosque, así como la posibilidad de contratar el servicio de alguna guía para recorrerlo (al precio simbólico de un euro).

Entre los caminos de Agua García destaca el que hace el recorrido de los espectaculares viñátigos de cientos de años (uno incluso es milenario), denominado sendero de los Guardianes Centenarios. Saliendo del Centro de Información Patrimonial subimos por la pista de la izquierda hasta llegar a la primera curva, donde un camino a la derecha (cerrado al paso de vehículos y bicicletas por una barrera) da inicio al sendero propiamente dicho (un cartel sobre dos postes de madera lo señala, situado justo debajo de un laurel Novo canariensis, el árbol que da nombre a esta formación vegetal: la laurisilva).

Nos adentramos por el follaje a través de un cómodo y ancho sendero que discurre junto al barranco de Toledo, pudiendo observar toda la riqueza en variedad de especies del monteverde: vemos a ambos lados del camino más laureles (su madera ligera era apreciada para fabricar aperos de labranza), brezos (se hacía carbón; sus ramas servían de horquetas para la viña; sus hojas eran útiles en cataplasma contra las picaduras de insectos), follaos (sus hojas de tacto suave y peloso eran el sustituto del papel higiénico; sus varas flexibles combinaban con el mimbre en la cestería)… y llegamos al primero de los grandes viñátigos centenarios, que destaca por su gran porte con un tronco que es de enormes proporciones y sirve de base a otros troncos (tocones) y tallos (chupones) que son sus hijos: nombrada la “caoba de Canarias” por su excelente madera, se empleaba para fabricar muebles nobles.

Ratas ‘borrachas’
En su estado natural el viñátigo sirve de cobijo al helecho de batatilla y de alimento a la rata de bosque, que –literalmente– se emborracha con las propiedades alucinógenas de su savia y llega a caer desde las ramas al suelo (por lo que no es raro ver a alguna de ellas muerta tras la caída al pie del árbol); también roe las raíces dejando como rastro grandes huecos.

El sendero sigue serpenteando junto al barranco y ofreciendo a la vista más especies, como el naranjero salvaje que hay justo al llegar al puente de madera que atraviesa el cauce del Toledo. Especie exclusiva de Tenerife, fue el árbol de la laurisilva más castigado por las talas en siglos pasados, en busca de su madera muy blanca para muebles. Al otro lado del puente se puede observar una haya (su fruto es el único comestible del monteverde y en tiempos de hambre el isleño lo secaba, tostaba y hacía una harina pastosa como sustituto del gofio) y al único ejemplar de sao (el sauce canario) que queda en Agua García (presente, en este caso, gracias a que fue replantado hace once años, junto a otros que no sobrevivieron): su gran utilidad venía dada por las propiedades medicinales de su corteza, que contiene salicina (el precursor de la aspirina).

Cuevas y laberinto
En este punto del recorrido, subimos por la escalinata con peldaños de troncos a la izquierda, para acercarnos, tras cruzar un segundo puente, a las cuevas de Toledo, también llamadas cuevas del Vidrio porque en ellas se extraía, todavía a mediados del siglo XX, traquita o “arena blanca”, materia prima para la elaboración de vidrio (en el bosque hubo un horno para tal fin en el siglo XVI; más recientemente se hacían botellas y otras piezas en una vidriera que había en la ciudad de La Laguna). Junto a las cuevas –hoy un pequeño laberinto que atrae a los niños– se yergue el más imponente de los viñátigos de Agua García: se estima su edad en unos mil años.

Regresamos sobre nuestros pasos hasta el sendero que habíamos dejado después de cruzar el primer puente, siguiendo su camino en un paisaje más despejado de vegetación. Giramos a la derecha siguiendo su serpentear y llegamos al barranco del Salto Blanco, adentrándonos en un área de pinar de repoblación hasta llegar al final y encontrarnos con la zona recreativa Lomo de la Jara.

Una de las guías con que cuenta el Ayuntamiento de Tacoronte, conversa con un caminante frente a las cuevas del Vidrio./ foto Y. M.

 

CUADERNO DE CAMPO

Una visita mágica

Por David Bramwell
(Director del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo)

El invierno de 1968-1969 se caracterizó por unas lluvias intensas, especialmente en el norte de Tenerife, y la primavera se presentó a continuación con una floración espléndida. Tuve la gran suerte y la oportunidad de pasar toda esa época, entre octubre y julio, en el archipiélago, explorando y estudiando su flora y sus bosques. Había leído las palabras del botánico escandinavo Borgesen sobre los magníficos viñátigos del bosque de Agua García en sus Contributions to the Knowledge of the Vegetation of the Canary Islands (1924), así que le preguntamos a don Enrique Sventenius por tan famoso lugar.

Él nos habló de su historia más reciente, de la tala de muchos árboles, de cómo se destruyó su vegetación y no quería volver allí. Nuestra insistencia consiguió convencerlo y un domingo nos dirigimos a visitarlo. Durante todo el camino don Enrique nos habló de otros bosques: Las Mercedes, El Cedro en La Gomera (su favorito), Los Tiles de Moya, todos ellos, decía, muy castigados por el hacha. Así que, después de una parada para almorzar y “probar –dijo– los excepcionales vinos de Tacoronte”, llegamos a Agua García y entramos en el barranco de Toledo, con su arroyo de agua cristalina rodeado por laurisilva.

Fue una maravilla ver aquellos enormes viñátigos (Persea indica), con la base del tronco de más de cuatro metros de diámetro, y la riqueza del sotobosque cubierto de grandes extensiones de bicácaro (Canarina canariensis) y la cresta de gallo (Isoplexis canariensis). Don Enrique empezó a entusiasmarse, contándonos que hace muchos años él había encontrado una de las especies mas raras de Tenerife, la flor de mayo leñoso (Pericallis multiflora), en esta zona. Pasamos la tarde explorando el barranco de Toledo y el Salto Blanco. Encontramos joyas de la flora como el delfino (Pleiomeris canariensis), el mocán (Visnea mocanera) y el naranjero salvaje (Ilex platyphylla), pero ni rastro de la flor de mayo, así que, entrando ya la noche, abandonamos el lugar para volver a la Orotava. En casa de don Enrique, en el Botánico, tomamos nuestra tradicional copa de coñac mientras escuchamos un poco de música clásica, el concierto de trompeta de Haydn. De madrugada, Zoë y yo salimos para nuestra casa de San Juan de la Rambla, reflexionando por el camino sobre la auténtica magia de los viñátigos de Agua García.

El sendero permite ver a su paso algunos de los viñátigos centenarios de Agua García./ foto Y. M.

 

 

DISTANCIA TIEMPO Y ALGO MÁS

 

Calidad vegetal

Recorrido de 1,6 kilómetros por la zona mejor conservada del bosque, a unos 800 metros de altitud, que se puede realizar en unos 20 minutos.

Fogones, mesas y bancos en Lomo de la Jara
El final de este sendero nos sitúa frente a la entrada de la zona recreativa Lomo de la Jara. Bajo unos espigados pinos, que aportan sombra a la pequeña área amesetada donde se reparten mesas, bancos y fogones para cocinar con leña, podemos sacar las viandas y disfrutar de un almuerzo (si es que hemos llegado pronto en caso de ser festivo, pues suele llenarse).