SENDERO > Caldera de Bandama, en Gran Canaria (1)

CALDERA DE BANDAMA (1)

Admiración ante un cráter perfecto
Cuaderno de campo
Distancia, tiempo y algo más

 

El cráter de simetría tan perfecto de la caldera de Bandama ha despertado la admiración y el asombro de todos los viajeros que, desde siglos pasados, lo han podido visitar. El mismo sendero por el que, en el XIX, bajaron Stone (que cita sus naranjos) o Edwardes (a beber vino), atrae aún a caminantes.

 

VIÑEDOS Y VIAJEROS

 

Admiración ante un cráter perfecto

Por Manuel Á. Navarro

“La primera sensación es de intensa sorpresa y admiración ante el hecho de que la Naturaleza pueda haber creado algo tan perfecto”, escribió la viajera inglesa Olivia Stone (1887), que bajó con un grupo de excursionistas a caballo. “Este es el cráter más perfecto de Canarias, una depresión cóncava de tierra y rocas de una uniformidad como sólo la naturaleza sabe crear”, describió otro viajero británico, Charles Edwardes (1888), que bajó animado por sus residentes para que bebiera un vino que le pareció fuerte, pero a su guía Pancho le entusiasmó y casi se bebe la garrafa él solo.

Un siglo y unos cuantos años después, la caldera de Bandama y el pico que se eleva a su lado han sido declarados Monumento Natural por constituir “dos unidades naturales de gran singularidad e interés científico” [ampliaremos más detalles sobre sus aspectos científicos en el próximo número de PELLAGOFIO], y están integrados a su vez en el Espacio Protegido de Tafira. Se trata de una caldera de explosión que guarda nostálgicas cicatrices de lava en muchas de sus vertientes para recordarnos su origen.

El comienzo del camino, que se adentra por sus paredes laterales para descender hasta el fondo del cráter, está señalizado entre las casas que se encuentran al borde de su gran hueco de un kilómetro de diámetro. Una sólida puerta de hierro pintada de negro invita a entrar (en horario diurno: a partir de las 17.00 horas es cerrada hasta la mañana siguiente). Los ojos comienzan a revolotear y a viajar desde la altura por este enclave. En claros zigzags comenzamos un descenso que durará aproximadamente 35 minutos. El camino está muy marcado y no ofrece dudas de nuestro destino final.

Palmeras y eucaliptos
La vegetación chilla y se apodera de tantos sitios como puede, con una misteriosa y cosmopolita mezcla. Las palmeras canarias y los eucaliptos dispersos alternan con una variedad de colorida flora que nos saluda todo el camino (vinagreras, lentiscos, acebuches, cardones, tabaibas). Nos sumergimos poco a poco en las profundidades de la caldera. El ruido se queda atrás, el rastro del mar en el horizonte desaparece. Das vueltas sobre ti mismo y lo único que ves son las paredes envejecidas de picón (lapilli). Detrás de nosotros, queda el pico de Bandama, desde donde hay una panorámica bellísima de este paraje.

El nombre del lugar viene de un comerciante holandés que, en el siglo XVI, cosechaba viñedos en el fondo del cráter. Desde nuestra perspectiva de silencio, miramos en el fondo los restos de unas terrazas de cultivo. También observamos dos eras, confundidas entre los matorrales, las pitas y las higueras canarias. Hay una planta que merece que ser nombrada, aunque difícil de identificar por su rareza ya que únicamente se puede encontrar en este lugar. La bautizaron con el nombre de Parolinia glabriuscula y es un arbusto que puede llegar al metro y medio de altura con flores.

Utilidad de los zigzags
El fondo de la caldera puede ser disfrutado con un camino circular que la surca y desde donde podemos ver sus distintas perspectivas. Normalmente, el único habitante de este estas profundidades es un burro (Perico) que en ocasiones hace el recorrido de ida y vuelta con la persona que se encarga de abrir y cerrar el acceso a los caminantes. Tras entretenernos observando las antiguas y semiderruidas construcciones, nos preparamos para afrontar la vuelta por la misma ruta. Encontramos una enorme utilidad a los zigzags para salvar un desnivel tan pronunciado. Aunque hemos bajado por aquí, se vuelve a adueñar de nosotros la sensación de novedad de la ruta. En 45 minutos salimos a la superficie y llegamos a la cancela de hierro.

Como guinda para esta ruta, es recomendable subir (con el coche) al pico de Bandama (574 m) y mirar, a vista de pájaro, las huellas del camino que hemos hecho.

El sendero desciende serpenteante y llega hasta el gran eucalipto, junto a la era, que se aprecia en el fondo./ foto YURI MILLARES

 

CUADERNO DE CAMPO

Unos vinitos con don Agustín

Por David Bramwell
(Director del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo)

En marzo del año 1969 Zoë y yo visitamos la casa del matrimonio Kunkel en Tafira. Günther Kunkel nos orientó sobre algunos de los lugares de Gran Canaria de visita obligatoria para los botánicos. Entre ellos, insistió mucho en que visitáramos la caldera de Bandama al ser un refugio importante de ciertos tipos de vegetación, especialmente de acebuchales y lentiscales. Dos días después salimos del antiguo hotel Los Frailes hacia la caldera. Descendimos por el sendero que nos habían marcado los Kunkel en nuestro mapa de la isla. La bajada resultó bastante sencilla y pasamos entre numerosas especies de plantas muy típicas de las zonas de acebuchales y lentiscales, pero en el camino encontramos también un arbolito distinto que, más tarde, identificamos como el marmulán (Sideroxylon canariensis), probablemente la primera cita fiable para Gran Canaria. Después de pasar por unas poblaciones de veroles de flor rosada (Aeonium percarneum) y entre abundantes tajinastes blancos (Echium decaisnei), llegamos al fondo de la caldera. Allí tomamos un vinito con el encargado de la finquita de cultivos, don Agustín, quien nos orientó acerca de los lugares con más vegetación natural; de paso saludamos a su vaquita y a su burro. Pasamos el día explorando algunas zonas de los riscos y taludes, en los que encontramos varios endemismos como la bicácaro (Canarina canariensis), el romero marino (Campylanthus salsoloides) y, en algunas de las paredes más húmedas, una especie muy rara: la Camptoloma canariensis. Fue nuestro primer encuentro con esta planta endémica de Gran Canaria, más típica de la zona occidental de la isla.

Al final del día nos despedimos de don Agustín y su familia con otro vinito tinto de la caldera, “como refuerzo para la subida”, y empezamos el empinado trayecto del camino de salida. Unos años después, en otra visita a la caldera, Zoë encontró el primer ejemplo de una planta de la que, posteriormente, Víctor Montelongo descubrió mas poblaciones en el fondo del cráter. Después de estudiarla con detalle, la reconocimos como especie nueva, la dama de Bandama (Parolinia glabriuscula Montelongo & Bramwell), una planta que, para mí, tiene unos recuerdos muy especiales.

La dama de Bandama, especie endémica exclusiva de la caldera de Bandama./ ilustración TONY SÁNCHEZ

 

 

DISTANCIA TIEMPO Y ALGO MÁS

 

170 metros de profundidad

La caldera de Bandama tiene unos 170 m de profundidad y 1.000 m de diámetro. Para llegar al fondo sólo hay que seguir el camino que parte del interior del caserío de Bandama, justo al lado de la ermita. El descenso se puede hacer en una media hora; para el regreso requeriremos un poco más.

Las naranjas de Stone
Cuando Olivia Stone descendió en 1883 al fondo de la caldera, encontró una casa agrícola con un lagar (en la actualidad lamentablemente en ruinas). Todo estaba muy verde y cultivado (hoy también hay huertas de papas y calabaceras) e incluso destacan sus naranjos, que en aquella remota fecha llamaron la atención de la viajera inglesa.

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