Blog de la revista Pellagofio (Semana 33, 11 de agosto de 2014)


Edición semanal digital de la revista Pellagofio

 

 

PORTADA VIRTUAL
• Clandestino a bordo del Nuevo Adán

José Hernández González, más conocido en su pueblo de El Pinar (El Hierro) como Panchillo fue uno de los miles de canarios que huyó de la dictadura y de la pobreza en la posguerra, viajando de forma clandestina en un velero que llegó a las costas de Venezuela. El relato de algunas anécdotas de aquel viaje forma parte de este reportaje, donde el protagonista también relata su vida en la isla que lo vio nacer un día de 1927. Sexta entrega de la edición semanal digital con la serie “Lecturas de verano” de 2014, dedicada a publicar antiguos materiales del editor de la revista, rescatándolos de la prensa escrita para que puedan ser consultados. En esta ocasión con un reportaje que fue publicado originalmente en 1999.

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HISTÓRICO DE LA EDICIÓN SEMANAL
• En busca de “esqueletos”

La sexta entrega de la serie “Lecturas de verano” en 2012 fue para un reportaje de pesca con nasas de un barquito de Morro Jable, en la isla de Fuerteventura. (Para acceder, haga clic sobre la imagen de página.)

HISTÓRICO DE LA EDICIÓN MENSUAL
• Sorprendente El Hierro

“La isla canaria que más se adentra en el Atlántico y que más ha sufrido (y sufre) su presencia para su comunicación con el exterior, ofrece, pese a su reducido tamaño, una variedad tal de cosas para ver, conocer y disfrutar que sorprende a todos los que se acercan a verla en un par de días”, podemos leer en el número dedicado a El Hierro en 2013. (Para acceder, haga clic sobre la imagen portada.)

FRASES

GENOCIDIO EN GAZA

“Criticar el asesinato de miles de ciudadanos inocentes no es antisemitismo: es justicia elemental”

“A todo esto llega Jon Voight, un actor de Hollywood en franca decadencia mental, moral y actoral, y acusa a Javier Bardem y a Penélope Cruz de antisemitismo por denunciar la masacre inadmisible que está cometiendo el ejército hebreo en Gaza. El pobre hombre no se ha enterado aún de la enorme cantidad de judíos (políticos, intelectuales, historiadores, escritores y ciudadanos de a pie) que ha recusado una vez más la recurrente matanza que el Gobierno israelí comete con los palestinos indefensos sin más razones que la codicia y el gusto por probar nuevas armas”, escribe David Torres en su columna en el diario Público (5-VIII-2014).

ENLACE con el artículo “Jon Voight, otro ciego en Gaza” en la edición digital de Público:
Haga clic aquí

 

EL REPORTAJE DIGITAL / HEMEROTECA YURI MILLARES

Sexta entrega de la serie “Lecturas de verano 2014” con el reportaje dedicado a José Hernández González (Panchillo), vecino de El Pinar que emigró dos veces desde El Hierro a Venezuela, la primera de ellas de forma clandestina en un velero.


 

No entregó los higos ni a punta de pistola

José Hernández González, Panchillo para todos en El Pinar, tiene debajo de su casa un pequeño museo etnográfico que ha ido dotando desde que un día empezó con “piedras y palos raros que hallaba en el monte”, donde trabajaba de vigilante. Por detrás de la vivienda tiene sus papas y obtiene aguardiente quemando las madres. En la botella echa después unas hierbas, reinaluisa las llama. También pisa las almendras, como las uvas, y así las pela para hacer dulces, queso de almendra.

 

El padre, represaliado
Su padre, Manuel Hernández, fue preso en el 36 por los golpistas facciosos por dar de comer a un prófugo, junto con otros nueve o diez que también fueron detenidos. Lo tuvieron preso en Gando y después en una nave de Fyffes en el norte del actual estadio Heliodoro Rodríguez López. Recuerda haber ido a verlo allí.
Hubo que vender el ganado
El ganado lo vendió Panchillo en aquella época a un matarife porque el padre estaba preso y la madre no quería que él fuera solo con el ganado.
Dos veces emigrante
José Hernández se fue a Venezuela en un velero para una estancia que se prolongó cinco años. “Al ir la segunda vez tuve que sacar un certificado de la Marina como que la primera vez no me fui por política, sino por necesidad”. Y es que aquel primer velero que pisó salió clandestinamente de las costas herreñas.
El Nuevo Adán
“Ese velero fue el Nuevo Adán y tardó 47 días en llegar. Primero vimos una isla inglesa, Trinidad, y de ahí nos orientaron y llegamos al Orinoco y allí encalló. Salió del faro de Orchilla”, relata.

Las páginas del reportaje con Panchillo en 1999, en la serie “Gente en la isla” creada por Yuri Millares para el periódico 'La isla de El Hierro'.

 

 

 

Escondidos en una cueva en Tecorón
“En una cueva de Tecorón se fue guardando la comida y después de cargar fue a Orchilla”, sigue. Él embarcó en Tecorón con sus provisiones y varios más que ayudaron a cargar la mercancía. “Se preparó un viento de la tierra y destrozó las velas. Remendando las arreglaron y con viento caminábamos y sin vientos no. No se veía sino viento y marea”.
Dos bañistas y un tiburón
Recuerda, entre las anécdotas, que hubo dos que se bañaron. Se tiraron por delante y por detrás les tiraron un cabo. “Apareció un tiburón y escaparon por segundos”.
“Un follón muy gordo por la comida”
Aparte de eso, “hubo un follón” bien gordo a bordo, un incidente grave en el que se vio envuelto junto al capitán y un marinero de 18 años, de Las Palmas. “El follón fue por el reparto de la comida, que había del barco y de cada uno”.
Salió de Orchilla
El velero, que venía de Puerto de Cabras, salió de la punta de Orchilla rumbo a América en las condiciones precarias de entonces.
Un peto para los guardias civiles
Al embarcar “a la guardia civil la vimos desde el velero, pero ya estaba el barco abriendo válvulas y no nos pudo agarrar. Se comentaba que los guardias civiles eran cómplices. Con un kilo de peto no intervenían. Del Hierro salieron tres veleros clandestinos: el Joven Pedro, otro que salió del [lugar donde está ahora el] Parador del que no recuerdo el nombre y el Nuevo Adán de Orchilla”.
Los higos de Panchillo
Panchillo llevaba en aquella ocasión un saco de higos y el capitán quiso obligarle a que lo entregara para el depósito del barco y Panchillo decía que no, que él le daba higos a quien quería, que eran suyos. Cada cual pagó su billete (4.000 pesetas en los 50) y llevaba por su cuenta galletas, queso, lo que tenían en la casa, aparte de lo que se suponía debían darle a bordo.
El capitán saca la pistola
El capitán llegó incluso a sacar una pistola para obligar a Panchillo a entregarle sus higos. Fue entonces cuando intervino en la discusión el joven marinero de Las Palmas. “Le tiró la pistola al capitán [de un manotazo] y se partió la mano”. El viaje prosiguió y José Hernández llegó a Venezuela. “El dinero es campeón y yo iba a hacer fortuna, el bolívar estaba a 15 pesetas por la bolsa negra. Lo normal eran doce”.

Fabricando una mortera en el taller junto a su casa en El Pinar.

El faro de Orchilla y la Cruz del Navegante, en El Hierro.

En un barco parecido a este emigró Panchillo de forma clandestina hacia Venezuela (el de la foto es el 'Elvira', que llegó a destino en mayo de 1949, justo un año antes que el 'Nuevo Adán'.).

La segunda emigración de Panchillo fue a bordo del 'Satrústegui', esta vez en un buque de línea.

El Satrústegui
La segunda vez fue en el Satrústegui, un vapor, y regresó “en un gemelo holandés”, dice, pero de la misma compañía. Las olas en el Caribe eran grandes y en el comedor no quedó un plato entero. Punta al cielo, punta al suelo”, recuerda de la peor jornada en el vapor. Con el velero tuvo la peor noche del viaje al llegar a Trinidad.

Con 27 años
Nació Panchillo en 1923 y fue con 27 años de edad cuando se embarcó por primera vez en el velero. “En Venezuela había mucho isleño de todas las islas. Usted iba al mercado Quinta Crespo y era todo puro isleño, vendiendo verduras, en Caracas”. Trabajó en un bar de empleado y terminó comprándolo, en Quebrada Honda.

Caminando El Hierro
De pequeño, cuidando ganado, pudo conocer El Hierro paso a paso. De regreso de sus viajes como emigrante retorno a caminar los diversos parajes trabajando como vigilante de repoblación forestal durante 30 años. “Me mandaban para todos los sitios. Tenía que vigilar y caminaba en toda la isla”.

El inicio de su colección de objetos
Fue entonces cuando se dedicó a recoger cosas que encontraba: fósiles, una antigua olla quizás aborigen, caracoles. “Y piedras dibujadas, piedras raras. Esta piedra la traje yo para la casa porque era una piedra blanca y un médico que estuvo cinco años en Inglaterra dice que tiene huellas humanas”, señala una de las piezas del modesto museo que ha creado y que tiene abierto para quien quiera visitarlo. Y, efectivamente, en la piedra se puede observar lo que parecen las huellas de un dedo.

Un modesto museo
Ahora que está jubilado camina poco. “Ya no voy a los terrenos del Estado, sólo a unos pedacitos de terreno que tengo por ahí”, comenta. También exhibe en su modesto museo objetos que se usaban tradicionalmente en las casas. Planchas, cucharones, garrafones.

Garrafones para el vino añejo
Son unos garrafones algo peculiares. “Hacen cuatro de los normales”, dice señalando unos envases de cristal forrados de mimbre, de gran tamaño. “Son 64 litros cada uno. Los tenían antes en las bodegas para poner aguardiente cuando quemaban las madres, o vino viejo que cuando vendimian lo quitaban de los envases y le decían vino añejo”.

Cebada sí, trigo no
No faltan en esta variada colección objetos hechos de madera, como una cabra que ha tallado él mismo. “Así me entretengo. En un pajero tengo las máquinas, donde estaban antes los animales, pero como ya no tengo”. Antes sembraba y tenía animales. “Lentejones, cebada, architas, lentejas. Trigo aquí no”.

Tres mil barriles de agua contra la sequía
Por Tecorón tenía unas tierras, cerca de donde hay una cueva, la cueva del Diablo. “Llegamos a tener hasta 11 vacas, pero vinieron años malos, de no llover, y las vendimos. Teníamos que estarles llevando agua en barriles de madera de 323 litros y uno se cansó. Llegábamos a llevar tres mil y pico barriles de agua para abajo. Y entonces no había carretera, sino un camino”.

Gofio y pan
Con el centeno que obtenían hacían gofio y pan. “Habían unos hornos caseros y se sabía cuándo tenía la temperatura para poner el pan dentro porque en la puerta hay una esquina [con piedra] roja como esa de la destiladera y se ponía media rubia. Así se sabía que tenía el calor suficiente, porque si tiene mucho calor lo arrebata, si tiene poco no está bien cocinado y se queda crudo”.

La cueva del Diablo
La cueva del Diablo “tiene una altura que una caña de pescar no alcanza el techo. Con la marea se puede entrar directo. Entrábamos a coger palomas, porque entrábamos con un jacho, sabe que es la astilla de tea prendida, y nos poníamos al fondo de la cueva y con una caña las tumbaba, porque ella se van al reflejo de la luz y no salen fuera, sino allí dentro. Allí había un piso de arena agradable para echarse, fresco”.

 

Textos: Yuri Millares.
Fotografías: Yuri Millares y Archivo.

 

 

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