Blog de la revista Pellagofio (Semana 28, 7 de julio de 2014)


Edición semanal digital de la revista Pellagofio

 

Incluye el reportaje...
Juan El Villero, marinero de lancha

 

PORTADA VIRTUAL
• El mismo mar, distintas vivencias

Otra entrega de la edición semanal digital con la serie “Lecturas de verano” de 2014, dedicada a publicar antiguos materiales del editor de la revista, rescatándolos de la prensa escrita para que puedan ser consultados, en una versión que amplía sus contenidos con fotografías inéditas del archivo de Yuri Millares. En este caso, con el marinero de lancha Antonio Martín Aguilar, Juan El Villero. “Las travesías eran como ciclos, siempre iguales, siempre diferentes. La misma ruta, el mismo mar, el mismo peligro; una vivencia diferente cada vez, un reto nuevo cada viaje”, relata al autor del reportaje cuando recoge el testimonio de este gomero al que entrevistó en Agulo en 1997, vivendo ya su retiro después de haber pasado toda la vida en la mar (desde los 12 años).

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LA REVISTA PELLAGOFIO EN NUESTROS ARCHIVOS

HISTÓRICO DE LA EDICIÓN SEMANAL
• De la pila de Tías

Segunda entrega de la serie “Lecturas de verano 2013”, con la lanzaroteña Leonor Martín, que hace queso en empleitas y seca fruta en esteras de palma que teje. (Para acceder, haga clic sobre la imagen de página.)

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HISTÓRICO DE LA EDICIÓN MENSUAL
• Las heroínas del tomate

Escucharlas estremece. Sus jornadas de trabajo de hasta 20 horas las extenuaba, así que cantaban para no dormirse. Enderezaban las tachas dobladas para poder aprovecharlas. Acostaban a sus hijos debajo de la mesa sobre el serrín. Y algunas, embarazadas, rompían aguas allí mismo. Se empaquetaba a mano y el barco esperaba en el muelle.(Para acceder, haga clic sobre la imagen de página.)

FRASES

OTRA MASACRE EN GAZA

“A Israel no le basta el ojo por ojo, prefiere el ciento por uno”

El periodista Luis Matías López (columnista de Público y antiguo corresponsal de El País en Moscú) escribe el 11 de julio de 2014 “así es el conflicto israelo-palestino: da vueltas y vueltas alrededor de sí mismo, sin que el paso de los años (o las décadas) acerque una solución pacífica, sin que se rompa la dinámica de la violencia, sin que el sueño del Estado palestino deje de ser una entelequia, sin que se frene el robo de territorio por parte de Israel, sin que se atisbe un horizonte temporal para el fin de la ocupación”.

ENLACE con el artículo “Déjà vu’ en Gaza y dos titulares de ‘El País” en la edición digital de Público:
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EL REPORTAJE DIGITAL / HEMEROTECA YURI MILLARES

La serie “Lecturas de verano 2014” ofrece su segunda entrega con el reportaje dedicado al gomero Antonio Martín, que en realidad era conocido como 'Juan El Villero', marinero y maquinillero en los barcos fruteros que recorrían la isla de La Gomera de pescante en pescante.

 

Juan El Villero, marinero de lancha

“Yo hago instrumentos de percusión, hago timbales, tambores grandísimos de acompañamiento”, explica Antonio Martín Aguilar, conocido como Juan El Villero, en su modesta casa del pueblo de Agulo, un despejado día en el que se divisa con detalle en el horizonte la isla de Tenerife. En la vivienda tiene colgados tambores de diversos tamaños y diversos tipos de piel. “Éstos son de cabrito”, señala unos, “los otros grandes son de cabra y hay otros que son más grandes que son de piel de oveja, porque la piel de oveja es más fina”, continúa.

 

De muellito en muellito
Estos trabajos artesanos tan apegados a la tierra los realiza hoy [en 1997] un hombre que durante décadas permaneció la mayor parte del tiempo en el mar, navegando en vapores fruteros, recorriendo la costa gomera de embarcadero en embarcadero, de muellito en muellito.
Lanchas a remo
“Yo trabajé de marinero de lancha –explica–, se quedaba el barco fuera, las lanchas venían a tierra a coger la fruta y después había que llevarla a remo para trasbordar al barco grande. Y trabajé de maquinillero, en la maquinilla, para subir las cargas de las lanchas a la bodega. Así que yo también he pasado lo mío”.
También a las islas vecinas
Antonio Martín, que ya va camino de los 71 años [cuando se publica originalmente este reportaje] y está jubilado, recorrió embarcado no sólo la isla de La Gomera, cuya costa conoce a la perfección, sino que también navegó en los mismos barcos rumbo a otras islas vecinas. “Yo trabajé mucho en los barcos de cabotaje de don Juan Padrón Saavedra”, recuerda, y mentalmente vuelve a hacer el recorrido de las travesías más frecuentes.
Hermigua al amanecer
“Se empezaba casi siempre con los barco viniendo al amanecer a Hermigua, de Hermigua se llegaba a Agulo, de Agulo a Vallehermoso, de ahí a Valle Gran Rey, de Valle Gran Rey a La Rajita para echar carga y recoger carga de La Dama y conserva dela fábrica de La Rajita, después, de allí se iba a Tapahuga”. Así iban haciendo una ruta en la que la operación se repetía: fondeo del vapor y carga en las lanchas de cajas de tomates, plátanos y conservas de pescado.
Los pescantes de Hermigua, Agulo y Vallehermoso
En cada escala había una pequeña infraestructura para facilitar y permitir las operaciones de carga y descarga. “Pescantes había cinco, dos grúas y cuatro plumas”. Se refiere a los dos pescantes de Hermigua, el de Agulo y los de Vallehermoso. En este último lugar, de tomates, y se construyeron dos, “uno el de los García y otro el de los Fernández”, el primero en tiempos del rey Alfonso XIII.
¿Y por qué dos?
“Por las cosas de las políticas”, dice Antonio Martín, porque cada empresario quería disponer de su propia instalación. Así fue en Hermigua: “Había uno de los Fernández y otro de don Pablo”.

Las páginas del reportaje con Juan El Villero en 1997, en la serie creada por Yuri Millares para el diario 'La isla de La Gomera' “Gente en la isla”.

Con Tenerife al fondo, retratado junto a su casa en Agulo.

 

EL pescante de Hermigua mientras un barco frutero fondea a cargar plátanos.

 

 

Y grúas
“Las grúas estaban en Valle Gran Rey y La Rajita y las plumas en Alojera, Taguluche, Iguala y Tapahuga”, sigue repasando con seguridad. “Hombre, lo conocí bien porque estuve trabajando en todos ellos”.
El más seguro, Agulo
Sin embargo, pese a los dos pescantes de la desembocadura del barranco en Hermigua y otros tantos en el de Vallehermoso, los días de temporal no se podía acercar ningún barco a ellos a operar. “El único sitio en el norte de La Gomera que se trabajaba con mar malo era Agulo –dice–, porque es la mar más honda y tiene un fondo firme. Donde mismo está el prisma de fuera, ¿sabes cuánto fondo tiene allí? Doce brazas de profundidad. Donde más hondo, menos trabaja la mar, va más lenta. Agulo es el soco del norte de la isla”. Este pescante, que se construyó en 1908, acabó siendo destruido por un temporal en 1954.

Transportador
Y en este pequeño pueblo, que se asoma al mar desde la considerable altura de un acantilado por el que trepan pequeños bancales de plataneras, con un solo pescante, se concentraba la actividad exportadora de la zona. Hasta allí había que llevar la mercancía de las valles de los dos pueblos vecinos.
Igual al de Garachico
El camino desde Agulo al risco de donde arrancaba la instalación que se sustentaba sobre un enorme pilar ya en el agua es un interminable, estrecho y serpenteante sendero, pero la carga no la llevaban ni hombres ni bestias por él. “La carga la ponían en el transportador y la bajaban, es como un teleférico. Del almacén salían los carros cargados abajo al pescante. Uno subía y otro bajaba. ¿Sabe dónde hubo uno igual? En Garachico”.

La misma magen de arriba convertida en un dibujo.

A Tenerife y La Palma
Tenerife y La Palma fueron islas por las que también navegó con frecuencia. “Sí, llegábamos a La Palma a cargar varas, a toda La Palma. De La Palma díamos a Tenerife, a Hoya Grande, al valle de San Juan, a Los Cristianos, a descargar varas, y salíamos para Santa Cruz y cargábamos azúcar, aceite, jabón, comida, para venir a La Gomera. Terminábamos en La Gomera y díamos a La Palma”. Las travesías eran como ciclos, siempre iguales, siempre diferentes. La misma ruta, el mismo mar, el mismo peligro; una vivencia diferente cada vez, un reto nuevo cada viaje.
La tripulación
La propia carga y descarga era una lenta operación que se hacía con diligencia y prontitud. “Los barcos llevaban bastante tripulación porque tenían lanchas y cada lancha tenía cinco hombres”, dice Antonio Martín, muchísimos años de marinero de lancha. “Se fondeaba el barco fuera y veníamos bogando por los remos hasta el pescante. Allí había que aguantar los remos mientras bajaba la carga a la lancha y después había que llevar la lancha otra vez al barco. O traerla del barco”. En cada barco había dos lanchas, una a cada lado de la cubierta.

Un golpe en la lancha
El peligro para hombres como Antonio Martín era evidente en este tipo de maniobras a remo, en lanchas con pesadas cargas de fruta, y a veces ocurría que algún marino recibía un golpe o sufría una caída. Ahora que se ha jubilado viene sintiendo este marino, precisamente, las secuelas de un golpe que recibió siendo joven. “Yo estaba al cabo de la mar, se tiraba un ancla fuera y después se venía arriando soga. Estaba la mar mala, arriando la soga para cuando se viera venir la mar jalar por la soga y que la lancha saliera más ligera”, inicia el relato.
Un golpe jalando
“Entonces, en una de esas viene una mar muy grande. Yo jalando por el cabo de la soga y pasándola a la lancha y un golpe de mar me levanta la lancha para arriba y, al bajar al banco, me cogió un grano debajo y me tumbé pal suelo”, sigue. Su compañeros lo llevaron a bordo. “Me hicieron una tacita de agua. Como era joven no me sentía nada, pero de poco a cinco años me voy sintiendo que un grano del golpe creó líquido”.
Tomate, plátano y conserva
Invierno o verano, mar en calma o marejada, los sucesivos barcos en los que se enroló Antonio Martín iban y venían y los tripulantes cumplían su misión en unas condiciones u otras. Siempre cargando plátanos, porque todo el año había producción; tomate entre marzo y mayo. Faro había y sigue habiendo uno, en la capital gomera, el faro de San Cristóbal. Para el resto de la costa contaban únicamente con la pericia del piloto y los conocimientos que tenían todos del agua por la que se movían. “Había unas marcas”, señala.
Costeando por referencias
“Desde que salía de Santa Cruz y venías al norte, el barco llegaba a La Vasca y echaba rumbo al Campanario y, costeando, hasta Agulo. De la Punta de Agulo hay un sitio que le dicen El Cepo…”. En sus recuerdos la imagen aparece nítida y vuelve a hacer mentalmente la travesía años después, sentado en casa.

 

Primero carbón, después masú

Desde los 12 años estuvo Antonio Martín Aguilar, Juan El Villero, navegando hasta que se jubiló. Salvo 14 meses al final de su largo periplo marítimo, en los que su dilatada experiencia la brindó en diversas labores –timonel entre ellas– a bordo del ferry Benchijigua, la vida marinera de este hombre de voz ruda y fuerte transcurrió en vapores de cabotaje como el Alcora, el Águila de Oro y el Boheme. Barcos que “primeramente eran de carbón y después de masú –dice él. Masú es un líquido que lo hace la refinería y se bota por mediación de soplete. Entonces bota la caldera los dos sopletes de masú”. Anteriormente, con el carbón, también había que ir hasta Santa Cruz de Tenerife. “Allí, en las gabarras se descargaba el carbón y después nosotros íbamos a suministrarnos a las gabarras”.

Con un patrón
Siendo barcos de cabotaje, al frente de la tripulación había “un patrón de primera o patrón de gran altura”, relata, “a no ser el Alcora, que llevaba un segundo oficial, pero por las maquinarias que tenía. El Alcora fue un barco de guerra y tenía una velocidad por turbinas, era como el viento. Lo compró Juan Padrón y pasó a ser civil”.

El Telémaco
Los tiempos de la navegación a carbón también eran tiempos de vela, como fueron fechas de aislamiento y miseria, miedo y emigración. A bordo del Telémaco también trabajó él, llevando tomates de San Sebastián a Santa Cruz. “Cosa de un mes o así. Era de motos y a vela. Se fue clandestinamente a Venezuela”. Los pasajeros que embarcaron en esa odisea en busca de otra tierra donde poder vivir no contaron con la presencia, entre la tripulación, de Antonio Martín, que se quedó en La Gomera.

Un mal viaje
“Lo llevó un pariente mío, un primo hermano de mi madre. Tuvieron, por cierto, uun mal viaje, pero al fin llegaron. Primero a Martinica. Allí cogieron agua, comestibles, le enseñaron el rumbo y le dieron rumbo a Venezuela. Eso me lo han contado. Yo no estaba”, concluye.

 

Textos y fotografías: Yuri Millares.
Fotografía antigua: AFHC-FEDAC.

 

 

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