Blog de la revista Pellagofio (Semana 34, 18 de agosto de 2014)


Edición semanal digital de la revista Pellagofio

 

 

PORTADA VIRTUAL
• Vida de torrero

Lorenzo y Magdalena disfrutan una tarde al sol en EL Puertillo, en la punta de Jandía, cuando son entrevistados para este reportaje que rescatamos de la hemeroteca del periódico La Isla de Fuertventura. Ya están jubilados, pero relatan sus vivencias trabajando en el faro de Jandía a las órdenes del torrero de turno en lo que, en aquel entonces, era una aislado paraje. Séptima entrega de la edición semanal digital con la serie “Lecturas de verano” de 2014, dedicada a publicar antiguos materiales del editor de la revista, rescatándolos de la prensa escrita para que puedan ser consultados. En esta ocasión con un reportaje que fue publicado originalmente en 1997.

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LA REVISTA PELLAGOFIO EN NUESTROS ARCHIVOS

HISTÓRICO DE LA EDICIÓN SEMANAL
• Siete faros del archipiélago

A finales de 2010 PELLABLOG, la edición semanal de PELLAGOFIO, publicó un reportaje dedicado al almanaque 2011 de la Obra Social de Cajacanarias. La entidad de ahorro de Tenerife dedicaba su calendario anual a los faros de Canarias y en Pellagofio Ediciones teníamos mucho que ver con ello: los textos y fotografías antiguas que incluía procedían del editor de esta casa. Cada isla estaba representada por un faro y la lámina que lo ilustraba era una magnífica fotografía hecha para la ocasión por Tarek Ode. (Para acceder, haga clic sobre la imagen de portada.)

HISTÓRICO DE LA EDICIÓN MENSUAL
Un faro que guió junkers, pateras... ¡y ovnis!

El faro de La Entallada (como el de Jandía, también en Fuerteventura) protagonizó la sección Patrimonio del nº 20 de Ruta Archipiélago, la revista antecesora de PELLAGOFIO. Sin embargo, en la versión digital en esta web el reportaje se dividió en dos entregas entre los números 19 y 20 de la revista, ya que la edición papel del 19 no tuvo espacio para incluir la página correspondiente. Dos entregas que se titularon Tres torres y una cúpula acristalada y Aerofaro… también para ovnis. (Haciendo clic en la imagen se accede al primero de los artículos.)

FRASES

LA VERDADERA HISTORIA DE EEUU CONTADA POR OLIVER STONE

“Ese otro Estados Unidos, mucho más ajustado a la realidad, es el que ha emprendido guerras injustas, defendido dictaduras y golpes militares fascistas, tomado decisiones brutales como utilizar la bomba atómica, contribuido a empobrecer aún más a los más pobres”

“Con La historia no contada de Estados Unidos, el director de Platoon, JFK, Nixon y Comandante escapa del patrioterismo que anega el cine norteamericano para ofrecer una visión diferente y transgresora que le ha ganado feroces ataques desde los sectores derechistas que se han adueñado del partido republicano”, escribe sobre el director Oliver Stone Luis Matías López en su columna en el diario Público (2-IX-2014).

ENLACE con el artículo “Oliver Stone hace trizas la historia oficial de EEUU” en la edición digital de Público:
Haga clic aquí

 

EL REPORTAJE DIGITAL / HEMEROTECA YURI MILLARES

Séptima entrega de la serie “Lecturas de verano 2014” con el reportaje de 1997 dedicado a Lorenzo Rodríguez y sus recuerdos trabajando en el faro de Jandía.


 

Naufragios y marisco en el faro de Jandía

Las dos viviendas del faro de Jandía hace tiempo que no alojan a ninguna familia de torrero, ni reciben al técnico de señales marítimas que viene de relevo a sustituir a su compañero, ni por el embarcadero llegan suministros, pero cada día al anochecer un destello ilumina el horizonte a intervalos hasta que vuelve a amanecer. No hay descanso para el faro. Nuevas tecnologías, sin embargo, han ido cambiando el mecanismo que lo hace encender y funcionar. Primero, con aceite, aunque de eso hace unas cuantas décadas.

 

Con luz de petróleo
“Cuando estaba yo, ya era de petróleo”, dice Lorenzo Rodríguez Pérez, el último torrero que tuvo el faro de Jandía y jubilado desde hace varios años.
Dando fuelle
“Había que dar fuelle, había que subir el peso. Luego vino la eléctrica y por último la radiosolar, y ahora está el faro solo. Cada día vienen los técnicos de La Entallada –donde hay otro faro– a limpiar los cristales y echarle agua a la batería”, sigue relatando una tarde como muchas, sentado junto a su esposa, Magdalena Rodríguez Francés, en su casita del poblado de la punta de Jandía, con una magnífica vista del faro, resplandeciente como si ardiera con el sol ocultándose tras él.
Un trabajo seguro
Él no quería entrar a trabajar en el faro. Ella opinaba que era mejor eso, que era seguro, que otra cosa. “A los cuarenta años cumplidos fue cuando entré al faro y ya tengo setenta y dos”, comenta para iniciar el repaso a sus recuerdos de 27 años apagando cada día la luz que guiaba de noche a los barcos. Su relación con esa construcción tan peculiar apuntando al cielo, sin embargo, comenzó mucho antes.
Tamvién funcionó con “aceite de comer”
“Yo de pequeñillo venía al faro, me gustaba, y llevaba amistad con el técnico. Cuando venía por la tarde, me decía: ‘Lorenzo, sube arriba y enciende y yo de aquí te digo sube o baja’. Todavía era de aceite de comer”.
Visitas de juventud
Esas visitas de juventud no tuvieron como resultado, inicialmente, que consiguiera un puesto en el sencillo organigrama del faro (dos técnicos de señales marítimas que llegaban destinados y un ayudante que siempre era un nativo de la zona), aunque oportunidades no le faltaron. “Después que me casé me llamaron para si quería entrar. Yo le dije que no porque mi mujer iba a tener un niño. Entro otro muchacho y estuvo doce años”.
Él no quería
Transcurrido ese tiempo hubo otro relevo en el puesto de ayudante y lo ocupó más de un año otro muchacho. “Volvieron y me llamaron a mí. No fui y entró mi cuñado un año y pico, casi dos. Después me llamaron. ‘Cristiano, entre esta vez’. Y digo: ‘Bueno, entro con esta condición: me dan más sueldo y estoy y si no me gusta me marcho’. Entré, seguí y estuve veintisiete años”, relata esbozando una sonrisa al recordarlo.

Las páginas del reportaje en la serie “Gente en la isla” creada por Yuri Millares para el periódico 'La isla de Fuerteventura'.

Lorenzo y Magdalena disfrutando del sol de la tarde en la punta de Jandía.

Los restos del Bartolo, cuando encalló junto al faro de Punta de Jandía en 1973.

Ella sí quería
“A él no le gustaba mucho la pesca y a mí me gustaba que entrara en el faro, que era un sueldo fijo”, señala su compañera.
El trabajo de Lorenzo
El trabajo de Lorenzo Rodríguez como ayudante del farero titular comenzaba a las tres de la madrugada, momento en el que relevaba en su puesto al técnico, que era el encargado de encender el faro a la puesta del sol. “De las tres hasta apagar, la guardia la hacía yo y durante el día, si había que pintar y limpiar, lo hacía”.
Falto de cuidados
Observando al faro en la actualidad, protegido por un alto muro, se nota que le faltan cuidados ahora que no hay torreros con destino en él [N. del e.: El reportaje se escribió antes de la restauración del edificio, para dedicarlo a Centro de Interpretación de la Naturaleza de Jandía].
El efecto de la maresía
“Se está cayendo a cachos, por dentro y por fuera”, indica Magdalena Rodríguez. “Cuando estaba yo, me pasaba todo el día albeando y siempre se estaba cayendo”, dice entonces su marido, que explica el rápido deterioro que sufren las paredes de la construcción por el viento, que sopla con energía en este llano abierto al mar y convierte la espuma que salta entre las rocas de la orilla en una nube de millones de gotitas, la maresía, que empaña los cristales en lo alto de la torre y humedece la pintura de sus paredes hasta hacerla caer y ofrecer el ladrillo desnudo a nuevas gotitas.
Para las provisiones
A unos pocos cientos de metros del faro, los restos del embarcadero siguen recibiendo el embate de las olas, más suavemente en esta orilla de sotavento, apenas otro centenar de metros en dirección norte. Hasta allí llegaban las provisiones que necesitaban estos aislados torreros, en este caso, además, en un enclave caracterizado por su paisaje desértico. “Antes había un velero que suministraba a todos los faros”, confirma Lorenzo Rodríguez.
El Bartolo encalla
Se refiere al Bartolo, que concluyó la última travesía precisamente muy cerca del faro de Jandía hace 23 años [cuando se publica este reportaje a principios de 1997]. “Se encalló y se astilló ahí el pobre, en la playa de las Casillas”, rememora ella. “De madrugada encalló”, añade él, “traía al otro técnico de relevo y traía pasaje”.

Y después se perdió el Rápido
La tragedia, por suerte, con la única vida que terminó fue con la del propio velero, pues tripulación y pasaje alcanzaron la orilla a salvo. Una orilla que se llenó de cosas, de comida, de equipajes, de maderas y cabos. “Fue un siete de septiembre”, precisa, “después empezó a venir el Rápido, que también se perdió”.

El relevo, cada seis meses
En esta ocasión, el técnico qye llegaba a tomar el relevo tuvo un agitado desembarco cuando se disponía a iniciar su labor, por un nuevo período, a cargo de la señal que emite cada noche el faro. “Los técnicos, que eran dos, lo pidieron y lo lograron, de estar cada uno seis meses”, asegura Magdalena Rodríguez Francés. Su marido tenía un mes de vacaciones al año, que aprovechaban para descansar en el cercano Morro Jable o dar algún salto hasta la capital grancanaria, Las Palmas, o a la isla de Lanzarote.

Un caso que rompió la monotonía
Hace menos tiempo, doce años aproximadamente, otro caso hizo variar la monótona rutina de la vida del torrero. Lorenzo Rodríguez Pérez lo relata recreando en sus palabras el ambiente de normalidad que reinaba en aquel amanecer.

Dos hombres desnudos
“Estaba el horizonte claro, limpié los cristales –que se ponían húmedos por dentro durante la noche debido a la humedad– y bajé otra vez, a coger agua del aljibe, porque ni agua teníamos. Metí un balde para subir a mi casa cuando veo dos hombres desnudos venir”. En el muellito estaban acampados unos turistas, así que pensó: “Estos extranjeros se botaron al agua y alcanzaron un golpe”. Pero no. “Iban derechos a mí. Uno traía un pulóver amarrado y el otro no traía nada absolutamente”.

El diálogo
–¡Barco hundido!
–¿Qué barco, en dónde?
–Allí –dice uno de ellos.
“Yo había mirado desde arriba y no había visto nada”.
–¿A qué hora?.
–A la una.
–¿El faro apagado? –dice, preocupado sin duda por si la luz había fallado.
–No, el faro encendido, fue un despiste nuestro.

Pidieron agua
“Me pidieron agua y les di agua”. Según los iba viendo acercarse y habiéndose sobresaltado su mujer, que se dirigía hacia el lugar, le dijo él: “¡Chacha, entra para adentro, que vienen dos hombres desnudos!”.

Sólo pensaba en ayudar
Pero su mujer sólo pensaba en ayudar y no le importaba. “Eso no se mira, a un náufrago no se le mira si está vestido o no”, insiste ella. “Mire, don Tomás, levántese, que aquí hay dos náufragos y están derramando sangre”, llamó Lorenzo Rodríguez al técnico, mientras buscaba unas ropas para los recién llegados. “Tenía un poco de ron y les di una copa”.

Mucha sangre
–Deme otra.
–Toma a botella.
“Pero desde que bebieron aquello caliente, la sangre salía por todos lados. Al momento tenía la ropa encarnaíta toda”.

Una misteriosa bolsa
Rápidamente trasladaron a los dos náufragos a un hotel donde el médico los atendió y curó. Los tripulantes del yate pidieron al torrero que estuviera pendiente por si aparecía una bolsa amarilla. Nunca la vio.

 

Federico, el burro cantor

El núcleo de casas cercano al faro de Jandía vio descender su población de pescadores, según crecía la oferta de trabajo de los hoteles que empezaron a construirse en torno al entonces pequeño núcleo de Morro Jable. “Nosotros nos quedamos en el faro y a veces pasaban hasta quince días y no veíamos a un alma. Teníamos un burro para ir a Morro”, relata el torrero Lorenzo.

Una cantinita
La actividad no desapareció en el poblado de la punta de Jandía. Siguió habiendo pescadores y, además, turistas, pero la gente que tenía la tienda fue de la que se marchó. “Y digo: Voy a poner un cantinita y me entretengo por las tardes, en los ratos libres”. Así lo hizo y permaneció abierta hasta que se jubiló. “Nos fue bien”, confiesa. El burro también participó en el pequeño negocio de la cantina. “Le decía: ‘¡Federico, canta!’. Y cantaba”, asegura.

El truco, debajo del mostrador
El truco estaba debajo del mostrador. “Movía una lata de millo y cantaba”, se ríe recordándolo. Los rebuznos del animal a la señal del torrero metido a cantinero pasaron a formar parte de algunas tardes divertidas en el pequeño local, surtido de mariscos del propio farero y su mujer, Magdalena, que tenían una extensa costa por la que pasear en busca de lapas, burgados y mejillones. Hervidos y puestos en vinagre, su preparación ocupaba muchas noches de vigilia en las que había que estar despierto para cuidar que la luz del faro siguiera destelleando en el horizonte.

El cochino también quería
Pero de tanto observar el cochino –porque también tenían uno– al burro recibir millo por sus solicitados cantares, aprendió pronto la forma de incrementar la ración y recibir él una parte. “Arremetía contra el burro para que le echaran millo y coger algo”, sigue riendo el torrero, que estuvo 27 años apagando la luz de la torre y entró sin que le gustara mucho la tarea. “Pero entonces no había trabajo y con lo poquito que me pagaban del faro y lo poquito que yo ganaba, vi que iba adelante y gracias a Dios tuve buena suerte”.

 

Textos: Yuri Millares.
Fotografías: Yuri Millares y Archivo Pellagofio.

 

 

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